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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Un billón de euros o el deuducidio creciente

Esa es la deuda de las administraciones públicas españolas. Sin contar la de empresas públicas como ADIF, por ejemplo.  Nuestro Estado, a día de hoy, debe la producción de toda  España a lo largo de un año. La buena noticia es que crece más despacio ahora que durante estos últimos años. La mala, que sigue creciendo, y sin previsión de que deje de hacerlo durante los próximos ejercicios.

Pero quizá, lo realmente preocupante es que no es un problema exclusivo de España, sino compartido por casi toda la OCDE. La deuda pública estadounidense, por ejemplo, anda en guarismos similares o algo superiores a los nuestros, muy cercanos ya a los de 1945, tras el New Deal y, sobre todo, ganar la Segunda Guerra Mundial. Francia alcanza también ratios record, como el Reino Unido. Italia anda por el 120% del PIB. La japonesa se acerca estos días  al 230%. Sólo Alemania, que ha logrado estabilizarla en torno al 65%, parece salvarse. La deuda pública es, por tanto, un problema no sólo español, sino, y por entendernos, occidental y, si me apuran, mundial. Y nada más lejos del mal de muchos, consuelo de tontos. Al contrario, agrava el problema.

Porque esa burbuja de deuda condiciona nuestra soberanía, atándonos de pies y manos. Si los Estados Unidos se “repliegan”, dejando el caos allí donde lo hacen –véase Oriente Medio- es sin duda por razones políticas y morales, pero también económicas: no pueden pagar guerras ni intervenir –Ucrania- porque carecen de recursos para ello. No digamos Europa. Pero es que además, los tenedores  de nuestras deudas públicas y salvo en el caso de Japón, no somos sólo los nacionales de cada estado. China es la principal titular de deuda pública estadounidense. Fondos soberanos de países árabes o emergentes compran deuda española, francesa o británica, condicionando nuestra geopolítica. O la odiada banca, a cuyos pies nos pone también el crecimiento de la deuda. Unan a todo ello las deudas soberanas. El Reino de España debe el 160% de su PIB. Y como España, en mayor o menor medida, muchas otras naciones de la OCDE.

Pero ¿saben lo que realmente me preocupa? Primero, que la ciudadanía de la UE –salvo, y no casualmente, la alemana- no sea consciente o ignore el problema de las deudas crecientes, sin asumir que para pagarlas, debamos renunciar a otras  partidas de gasto. Percibimos lo inmediato, como el paro, sin pensar que pueda atribuirse, siquiera en parte, a la deuda. Más aún me sorprende que, en una huida hacia adelante,  seamos partidarios de incrementarla. Y que muchos partidos e intelectuales respalden ese punto de vista. Que se hable del austericidio y no del deudicidio rampante, que es el lo que estamos. Segundo, que la economía española  sea incapaz de  crecer al 2,5%, como ahora mismo, sin reducir deuda pública y sin que repunte la deuda externa, tras reducirla durante estos años. Y, tercero, la sensación de estar ante la decadencia de Occidente, que evoca la de aquel Imperio Romano que poco a poco iba cerrando sus termas, sus circos y sostenía su defensa apoyándose en los pueblos bárbaros. ¿Les  suena?

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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