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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Ideología y transversalidad

  

Las elecciones locales y regionales de mayo seguramente reflejarán la desafección de buena parte de la ciudadanía hacia el actual estado de la res pública. Y su consecuencia será, muy probablemente, la erosión del bipartidismo y la eclosión de nuevas fuerzas, especialmente a la izquierda del espectro.

Pero la erosión bipartidista no puede imputarse sólo a la desafección política. Es indudable que tienen que ver en ello la corrupción, la rigidez del sistema y, desde luego, una salida a la Gran Recesión que, si bien podría ser adecuada, no ha sido suficientemente explicada desde el gobierno ni comprendida por la ciudadanía.  Pero no lo es menos que el astillamiento del mapa electoral es compartido con buena parte de Europa. En la satisfecha Alemania, su casi perfecto bipartidismo vira progresivamente al pluralismo, pese al umbral del 5% para obtener representación. Sucede lo mismo, con un sistema mayoritario, en el Reino Unido. Todo apunta a que la diversidad creciente de nuestras sociedades  dificulta la existencia de partidos “atrapalotodo” siquiera a un lado del espectro. El mercado electoral, como todos los mercados, tiende a especializarse.

Es nuestra juventud, sin embargo, la que marca la ruptura. El Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud acaba de publicar un informe, dirigido por el sociólogo Javier Elzo, analizando los valores juveniles en España. Los resultados confirman los obtenidos en otros trabajos,  reflejando desafección y desencanto compartidos con sus mayores, así como esa creciente diversidad. También un acentuado pesimismo, tan sorprendente en la juventud. Pero también espigan dos rasgos ideológicos inéditos en España: la menguante importancia de una religión ya marginal y, quizá como consecuencia, la ruptura con el vector ideológico izquierda-derecha, tan relacionado con ella. Apuntan quizá también a la preeminencia de la  moral individual, casi sentimental, sobre la moral pública, compartida. Una actitud que, como ocurre con la valoración de otras culturas o su posición ante la diversidad, quizá resulte más relativista, nihilista, que liberal o respetuosa.  Todo ello les lleva a  asumir con casi unánime naturalidad cuestiones que para otras generaciones suponen un tabú o, siquiera, controversia. Sucede con la  eutanasia o el aborto, percibidos como asuntos constreñidos a la esfera de lo personal. O con la pena capital, admitida ya mayoritariamente, aun con discrepancias. Simultáneamente, se reclama  un Estado fuerte y generoso, garante de la igualdad pero también del orden y la seguridad, y de su educación y bienestar como condición previa al esfuerzo para lograr un  éxito profesional y económico que asegure cierto nivel de consumo al que no parecen dispuestos a renunciar.

Se mezclan por tanto, en un totum revolutum, valores propios, más o menos, de la derecha –pena de muerte, autoritarismo, tecnocracia, consumismo, creatividad e iniciativa personal- y, más o menos, de la izquierda –eutanasia, aborto, gasto público, estado benefactor…- superando posiciones que parecían muy arraigadas. Algo que, desde luego, ocurre también entre los mayores, pero con menos desenvoltura. Lógicamente, este crepúsculo de las ideologías conduce a actitudes pragmáticas, simplistas, blandas y maleables, incluso contradictorias –y no sólo desde el enfoque izquierda-derecha; la preeminencia de lo individual contrasta con la desconfianza en el otro y la admisibilidad del autoritarismo tecnocrático. O el contraste entre el deseo de ser escuchados y la escasísima participación en la vida comunitaria. Nos muestran, de paso, que valores como la vida o la democracia, dejan de ser referentes, para ser cuestionados, siquiera indirectamente. Todo ello es consecuencia quizá de la construcción de ese imaginario ideológico –por así decir-  utilizando redes sociales que deshuesan y simplifican el mensaje, potenciando esa primacía de lo individual y lo sentimental. Pero también de su confusión ante una sociedad incapaz de satisfacer las expectativas que suscita.

Frente a este enfoque, la dialéctica derecha-izquierda  poco puede ofrecer. Quizá por eso,  Podemos, reclama otra, transversal, novedosa, que la supere (la gente contra la casta, ciudadanía contra el poder causante de sus padecimientos)  recuperando el partido “atrapalotodo”, no especializado. Una transversalidad populista, por cierto, ya exitosa en algunos confines de Europa. Quizá algunos partidos deberían tomar nota.       

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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