Se habla mucho del desempleo juvenil. Pero de los 5,4 millones de parados que, según la EPA, había en España al finalizar septiembre, algo más de la mitad, 2,3 millones, tienen entre 40 y 60 años (y no, la inmensa mayoría no son prejubilados). O, lo que es lo mismo, la tasa de desempleo entre los parados talludos está en torno al 20%, sólo tres puntos porcentuales inferior a la media. Además, en los últimos doce meses, bajó menos que el paro juvenil. El 60%, aproximadamente, no ha terminado la educación secundaria o una formación profesional. Son por tanto trabajadores sin cualificación, frecuentemente inmigrantes, procedentes de ocupaciones elementales, hostelería, comercio, servicio doméstico… Último dato: de esos 2,3 millones sólo 130.000 declaraban estar cursando algún tipo de formación, reglada o no. Que eran, por lo general, los más jóvenes y cualificados.
Los datos nos dibujan un escenario preocupante. España tiene un ejército de parados maduros, de larga duración, sin apenas formación, con experiencia laboral en sectores declinantes y, lo que es peor, sin ánimo o posibilidad de reciclarse. Quizá tampoco de emprender. Son esos que buscan trabajo “en lo que sea”. Cuando estalló la crisis tenían siete años menos, entre 33 y 53. Plenitud vital. Muchos de ellos, cabezas de familia, con las obligaciones que comporta. Disfrutaban de los beneficios de la burbuja. Era aquel tiempo en el que un albañil de obra podía ganar más que el arquitecto que la dirigía. Algunos sostenían que era justicia social. Pero no debía serlo: ahora están los dos, albañil y arquitecto, sin trabajo.
El problema no ha hecho más que empezar. Los tiempos del ladrillo no volverán. La digitalización está revolucionando el comercio. Queda quizá la hostelería. Pero la competencia para conseguir trabajos de poca cualificación es despiadada. Más aún que en los cualificados. Porque la oferta de empleo cualificado crece, ahora mismo, y en proporción, más que la no cualificada. Por eso los salarios tienden a caer en los empleos peor pagados y a subir en los mejor remunerados. Y es a esos empleos peor pagados a los únicos que esos compatriotas que vieron tiempos mejores pueden aspirar. Casi que su alternativa es ser parado o trabajador pobre. Entre tanto, la hipoteca de aquel piso comprado en la cresta de la burbuja, ahora devaluado, único patrimonio familiar, continúa goteando recibos mes tras mes.
Se habla mucho del desempleo juvenil, sí. Pero los jóvenes tienen todo un futuro y un mundo por delante. Carecen mayormente de obligaciones y saben y pueden reciclarse. O emprender. Sin embargo, esos parados talludos, poco cualificados, que llevan dos, cuatro, cinco, siete años parados, chapuzas aparte, ven cómo corre el tiempo, laminando los ahorros y la ayuda familiar, y, sobre todo, sin cotizar los años supuestamente más feraces de su vida profesional. El drama del paro descansa, sobre todo, en esos parados maduros y en sus familias. Que van camino de convertirse, por décadas, y más allá de la jubilación, en un drama enquistado.