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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

La paradoja del “Tigretón” y el deporte

Son miles. Toman las calles y caminos de las afueras cuando son las del alba o las del ocaso. Si te cruzas con alguno conocido –apenas reconocible enfundado en su aerodinámica impedimenta- se disculpa por no poder saludarte. Van trotando, quizá en bici. “Estoy entrenando”, te espetan jadeando.

Pero ¿entrenando? ¿para qué? En realidad, para nada. O sí. Son tantos los que “entrenan” que los ayuntamientos de nuestra piel de toro empiezan a organizar competiciones populares. De repente, aquel amigo más bien fofo y sedentario, ha adquirido un perfil enjuto, fibroso, quizá demacrado, y corre maratones o “Sansilvestres”. “Tres horas cincuenta y cinco” te dice, asegurando que es un registro mediocre y debe mejorarlo en la próxima ocasión. A base de “entreno,” como se denomina ahora al entrenamiento. Mientras, su mujer le mira entre compasiva y admirada. Y si no es carrera, quizá sea bicicleta o natación. Los más osados cuentan sus hazañas con el triatlón, un popurrí de todos ellos.

Me parecía observar cierta tendencia a que los neodeportistas anduvieran en el entorno de la crítica cuarentena. Y sí: después de consultar algunas encuestas sobre hábitos deportivos, resulta que son los españolitos entre 35 y 45 los más deportistas. Es cierto que los jóvenes lo son más, pero obligados en el colegio o instituto, o practicando en equipos de fútbol, baloncesto…El deporte individual, cuentapropista, es cosa de talluditos. Y se confirma también la santísima trinidad deportiva: carrera, bici, natación. Y lo de la práctica reciente, siquiera con la fruición actual, equiparable ya a la de los nórdicos. Además, los neodeportistas son, sobre todo, universitarios –y, cada vez más, universitarias- con cierta posición económica. Porque esa es otra: en teoría, la práctica deportiva es barata. Camiseta, calzón, zapatillas y a correr. Pero no: la “equipación” es cada vez más compleja. Y cara. Por no hablar de los artilugios electrónicos que tanto miden las pulsaciones como muestran tu posición al personal mediante alguna malévola aplicación. Sólo así se explica la proliferación de medianas y grandes superficies dedicadas  a la venta de impedimenta deportiva. Un mundo. No hay crisis en el sector. Pero… ¿y por qué tanto deporte? Las encuestas aseguran que por mejorar la salud y mantener la forma física.  Y sospecho que, como síntesis, para estar delgado, por inconfesable que sea. Es la democratización –relativa- del viejo pacto con el diablo (a ver cómo acaba): el elixir de la eterna juventud, Fausto, Dorian Grey o la doctora Aslan, pero a través del sudor. Y, algo menos, de la alimentación. Porque esa es otra. La práctica deportiva parece el envés de una alimentación basada, crecientemente, en alimentos industrializados, ingeridos apresuradamente, aunque vengan etiquetados como “eco”, “ligero”, “natur”…: cereales, zumos, lácteos que no lo son, ensaladas inmarcesibles, bollería, picoteos… Miren lo que  comen los hijos de nuestros neoatletas, los más obesos de Europa…

Meses atrás nos preguntábamos dónde estaban los cuarentones. La respuesta, siquiera en parte, apunta a que están resolviendo la paradoja de una generación que creció entre el “contamos contigo” y los pastelitos “Tigretón”.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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