Las cenas navideñas propician el reencuentro con viejos compañeros de colegio, animando conversaciones que van más allá de ponerse al día, comentar niveles de colesterol o recordar anécdotas cada vez más lejanas, percibidas ocasionalmente de forma divergente según trascurre el paso del tiempo. Surgen así asuntos quizá menos entrañables pero más enjundiosos. Algunos de aquellos adolescentes disfrutan ahora de privilegiadas atalayas profesionales que les permite avizorar lo que ocurre, no sin sufrir el lógico desconcierto fruto de la era de crisis –sinónimo de cambio, recuerden- que nos ha tocado vivir, trastocando tantas premisas asumidas como inmutables. Hasta el punto de que alguno –lejos aún de los cincuenta- aseguraba sentirse viejo.
Uno de los asuntos más interesantes que se planteó es en qué nos había cambiado a mejor la Gran Recesión. Coincidíamos en que uno de esos cambios era la internacionalización de nuestras empresas. Creo que todos conocemos a algunas, centradas en el mercado local, a veces utilizando redes clientelares agotadas por la escasez inversora pública, transformadas ahora en exportadoras de buena parte de su producción. Las cifras son elocuentes: las firmas exportadoras han pasado de unas 90.000 a más de 150.000 -evidentemente, no todas son grandes- durante los años de crisis. Resultado: las ventas de bienes y servicios al exterior han escalado del 25% al 35% del PIB, ratio superior al francés, británico, italiano o japonés. Son esas empresas las que nos han permitido sobrellevar la crisis, sustituir ventajosamente a la construcción y sus subsidiarias y consolidar la recuperación, sumando records de exportaciones mes a mes, incluso en un entorno internacional adverso como el actual. Más allá de las multinacionales extranjeras instaladas en España, es mérito de miles de empresarios y comerciales que, con sus maletines llenos de catálogos, se han pateado el mundo en busca de mercados para sus bienes y servicios. Un hito que, sin duda, ha enriquecido la visión del mundo de nuestro tejido empresarial.
Sin embargo, apuntaban algunos, todo ese esfuerzo tiene debilidades. Nuestras empresas son pequeñas –tamaño medio inferior a cinco empleados, un tercio del alemán- y cooperan poco. Adolecemos de conocimiento de idiomas. Pero también, señalaban, aparece la escasa internacionalización de la sociedad española en su rol de acompañamiento y soporte de esa labor exportadora, especialmente a países “exóticos”, no euroamericanos, tan “distintos”, como China, India, Catar, por señalar algunos en los que la presencia española es, con loables excepciones, y pese a los esfuerzos, aún muy escasa. Por supuesto, como parte de la sociedad incluían a las administraciones públicas o a la universidad. Porque ¿cuántos acuerdos de verdadero alcance tienen firmados nuestras universidades –y la de Oviedo en concreto- con China, Catar,…? Desconocemos casi todo de esos países en los que tanto nos cuesta entrar –desde sus necesidades a su cultura, o “cómo hacen las cosas”- y que deberían ser estratégicos para nuestras empresas. La intensificación del intercambio cultural, educativo e investigador y un conocimiento mutuo, cosmopolita y respetuoso con las respectivas identidades, constituirían un capital social valiosísimo para esa labor de acompañamiento y apoyo a nuestras empresas en esos mercados. Podría ser un objetivo para 2015. Nos va mucho en ello.