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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Veremos

Aún con sus peculiaridades, las elecciones regionales andaluzas darán la primera pista real del calado de la crisis de nuestra arquitectura institucional: comprobaremos si los daños son sistémicos o si sólo afectan –y cuánto-  a alguno de sus elementos, como los partidos mayoritarios.  También permitirán cotejar la precisión de las encuestas preelectorales en un entorno en el que la fidelidad de voto se ha esfumado.  La Gran (y larga) Recesión ha puesto a prueba un entramado  institucional que, si ya antes de la crisis daba señales de fatiga, en lo más hondo de la estabilización económica, allá por 2013, y sacudido también por los escándalos que afectaron a la Corona y al partido del Gobierno, se tambaleó, pareciendo que podía quebrarse en cualquier momento. Pero quizás estemos ante un punto de inflexión.

Los indicadores del sistema gobierno-oposición que elabora el CIS parecen revertir su tendencia tras siete años de caída vertiginosa. Sí, siguen casi en mínimos históricos, pero hace meses que mejoran.  Sube la confianza en el primer partido de la oposición: parece que el desempeño del señor Sánchez, tan criticado, contribuye a ello. Y mejora, aunque menos, la confianza en el gobierno, quizá como consecuencia de la continuidad y magnitud del crecimiento económico. También, y entre altibajos, los indicadores de confianza económica dejan atrás años de caída para empezar  a remontar: el índice de expectativas ronda máximos históricos. Con todo, son básicamente los votantes del PP los que sostienen al alza la confianza en la gestión gubernamental. Por último, el indicador de autoubicación ideológica, que se iba escorando a la izquierda desde 2011, tiende también, entre sacudidas, a estabilizarse o incluso  a derechizarse. 

La crisis sistémica se plasmaría en la eclosión fulgurante –más virtual que real, siquiera hasta mañana- de la (cada vez menos) rupturista Podemos. Juegan en su contra, sin embargo, el buen tono y la duración del crecimiento económico, la renovación –reformista- del PSOE, pese a los múltiples dobleces de la candidata Díaz y, sobre todo, las propias contradicciones, extravagancias y endogamias podemistas. El marasmo griego –aunque siempre esté la perversa Frau Merkel para explicarlo- y la confusa relación política y económica con Venezuela  le alejan de su pretendida transversalidad. El resultado es que Podemos parece haber alcanzado su techo electoral e, incluso, iniciado un declive. Sumen la irrupción a escala nacional –de momento, pura virtualidad demoscópica- de Ciudadanos, reformista y no rupturista y, por ello, mucho más confortable para millones de votantes descontentos con los partidos, pero no antisistema.  La aparición de ambos partidos legitimaría al sistema, demostrando que puede reformase, sino a través de los partidos mayoritarios, si mediante otros, nuevos.

Veremos qué sucede mañana. Cualesquiera que sean los resultados, su impacto político será nacional, fortalecerá a los que superen expectativas y viceversa. Pero si lo que parecen efectos balsámicos del crecimiento económico y de la renovación socialista tienen ya traducción electoral, y los resultados apuntaran por donde parecen indicar las tendencias demoscópicas, asistiríamos a una consolidación del reformismo –al que se sumaría seguramente un fatigado PP – frente a un rupturismo potente aunque minoritario.  Empieza a plantearse una próxima legislatura que promete interés.  Veremos.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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