Este puente, España encara el apogeo veraniego. Millares de pueblos y villas celebran sus fiestas patronales durante estos días. Y otros tantos, sin tener la excusa del santo patrón o de la virgen correspondiente, inventan festivales, descensos, ferias o citas gastronómicas. Porque, desde un enfoque comunitario, las fiestas locales se han transformado en un potente doble recurso: económico, atrayendo a propios, diáspora y extraños; e identitario, otorgando identidad y visibilidad a muchas localidades. En Asturias: las Piraguas, San Timoteo, la Sardina, Begoña,… Por eso, si no hay fiesta, se inventa.
Desde un enfoque más personal, las fiestas, además de excusa para la reunión familiar o el reencuentro amical, añaden una pizca más de exceso, de leve transgresión, a la propia del verano: horarios trastocados, dietas arrinconadas, controlado desaliño y quizá más alegría alcohólica de la habitual. Por unos días, se mitiga el runrún de crisis, desempleo, corrupción, incidentes diplomáticos, revoluciones, los problemas de la empresa… postergando a los medios que, con sensacionalismo creciente, los jalean. Prevalece una despreocupación mitigada y temporal. Despreocupación paradójica; capaz de enderezar temporalmente nuestras maltrechas cifras de empleo. Porque son muchos los que facilitan el solaz de la mayoría: hostelería, salud, orquestas, transporte, fuerzas de seguridad…Más el imprescindible voluntariado: festejos, protección civil…
Pero, quizá, el éxito de las fiestas populares acarree el germen de su fracaso. Son cada vez más los foráneos que las disfrutan. Surgen nuevas formas de diversión. Whatsapp ayuda. Tener coche, también. Los botellones son multitudinarios. Es fácil convertir la leve transgresión en exceso e, incluso, falta o delito. Son disculpables, incluso comprensibles, las molestias al alba a los vecinos. Pero no lo es tanto que, cuando se pide moderación aduciendo la presencia de niños o mayores, la reacción sea burlesca, intimidatoria o, incluso, violenta. Cuando lo lógico sería pedir disculpas y actuar en consecuencia. Se invoca el derecho a divertirse. Pero ese derecho, de ser, no puede ejercitarse contra el de los vecinos al descanso. Los derechos no pueden constituirse en mecanismos para arrollar al próximo. Ni, desde luego, en excusa para la agresión, sea contra vecinos, veraneantes o el vocalista de una orquesta veraniega. Algunos de estos incidentes, teñidos con sangre (poca) y racismo, parecen desbordar a la policía local e, incluso, a la guardia civil. Son fenómenos inéditos, y quizá requieran métodos inéditos. Y cunde la sensación de que a los energúmenos, si son locales, se les ampara. Contribuyendo, posiblemente, a consolidar conflictos, a deteriorar esa sutil convivencia –quizá conllevancia- de las pequeñas comunidades; esa que se busca preservar.
Porque no crean que son sucesos de ciudades o villas nutridas, no. Han ocurrido en una pequeña localidad como Figueras, que siempre ha sido, es y, pese a todo, será, sinónimo de pausada tranquilidad y pródiga hospitalidad. De ahí lo insólito. Precisamente por ello, debería prevenirse que incidentes así trastornen la alquimia frágil de la convivencia-conllevancia entre vecinos, vecinos de la diáspora, veraneantes y los foráneos de la contornada. Ni en Figueras ni en ningún lugar. Tomando las medidas necesarias –por novedosas que hayan de ser- para que el verano y sus fiestas sigan siendo sinónimo de recurso local, de bulliciosa y leve transgresión. Y nada más.