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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

“León come gamba” como metáfora de España

El sucedido de la semana pasada en Masterchef” constituye una metáfora  de actitudes sociales demasiado habituales en España y, desde luego, Asturias. Supongo que conocen lo ocurrido: tras una prueba eliminatoria, Alberto, concursante de 19 años, fue expulsado del concurso. Presentó un plato bautizado “León come gamba”, aludiendo a los consejos que le habían ofrecido para afianzar su carácter. Ingredientes: una patata, acompañada de gambas y pimientos asados, aliñado con gazpacho de frambuesas.  Hasta ahí, previsible. Pero el desconsuelo del muchacho, rayando la histeria, amplificado en su exhibición televisiva por la postproducción musical, revolucionó las redes sociales, convirtiéndose instantáneamente en “trending topic” inspirador de infinitos “memes”  -cocinados, supongo, a altas horas de la madrugada-  y miles de reacciones en las redes sociales, incluso en la prensa “seria”.  La idea subyacente que imperaba era que el jurado había sido injusto con el “pobre”  concursante, al fin y al cabo, “un niño”. Hubo quien pidió incluso su vuelta.

“Masterchef”, más allá de su espectacularización, es un concurso de cocina, donde, creo, los concursantes reciben, adicionalmente,  formación culinaria. La sorprendente receta del aspirante sufría su escaso dominio de técnicas culinarias elementales: cocer correctamente una patata, emulsionar bien un gazpacho. Predominaba, en fin, la forma sobre el fondo, interpretando erróneamente la innovación.  Y fue eso, justamente, lo que el jurado le reprochó. Un jurado despreciado en las redes sociales por su prepotencia y exigencia, minusvalorando e incluso ridiculizando sus habilidades a los fogones. 

Es cierto el divismo de algunos cocineros, convertidos incluso en carne del cuché. También lo es el esnobismo gastronómico. Pero no lo es menos el enorme mérito de un buen puñado de ellos, que han logrado situar la gastronomía española en la cima mundial, desplazando del liderato a la sacrosanta “cuisine” francesa. Chefs como Adriá han revolucionado nuestra gastronomía, experimentado técnicamente hasta lo aparentemente extravagante. Pero buena parte sus compatriotas desprecian el enorme talento creativo y esfuerzo innovador que se esconde tras la nueva cocina, ignorando su repercusión no ya sobre nuestra cotidianeidad, sino sobre la economía nacional. Actitud pareja a la que adoptamos hacia la incomprendida abstracción artística: “eso lo hace cualquiera”, ignorando que tras la vanguardia hay, además de genialidad, muchas horas de investigación, de conocimiento y, por supuesto de dominio de las técnicas más básicas. En la cocina, cortes, cocciones, maridaje de sabores,…  Por eso, en las primeras fases del concurso se insiste mucho en ellas.  

Algunos de los miembros del jurado forman parte de esa élite culinaria. Jordi Cruz, en particular, tiene especial mérito.  El exitoso esfuerzo creativo y empresarial (no siempre) de nuestros chefs debería despertar admiración y no rechazo. Pero en España el triunfo profesional, el talento creativo, y más si se acompañan de disciplina “casi militar”, padecen el estigma del “que inventen ellos” unamuniano. Simpatizamos más con el supuestamente débil, aunque sea quien realmente  ha pecado de frívola petulancia, presentando un plato “divertido” pero incomestible.  No les cuento de Asturias, donde, contando con grandes cocineros, la innovación que causa furor es una receta francesa ¿o siuiza? casi centenaria: el sabroso “cordon bleu”. Aquí, le llamamos cachopo. Y cuanto más grande, mejor. Pura metáfora.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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