Hace unas semanas supe del “Normandie,” paquebote francés destinado al transporte trasatlántico de pasaje. Orgullo de Francia, el “Normandie” no era sólo el buque de mayor desplazamiento y velocidad de su época; era también el más innovador, incorporando un bulbo a proa y una turbina que generaba la electricidad que movía sus hélices, consiguiendo una maniobrabilidad y distancias de parada formidables. Pero, sobre todo, el “Normandie” era lujoso. Tanto que ha pasado a la posteridad como el “trasatlántico art-decó”. Además de lucir un casco vanguardista, algunos de sus salones se inspiraban en el de los Espejos de Versalles. El “Normandie” nos trae recuerdos de una época en la que viajar era casi un arte, sobre todo si se podían abonar pasajes de primera clase. Todo lo contrario del “Anthem of the Seas”, el parque temático flotante que, semanas atrás, recaló unas horas en Gijón. Si en el “Normandie”, aun disponiendo de piscina o pista de tenis, predominaban los espacios destinados a la convivencia reposada o al “dolce far niente”, el “Anthem”, repleto de atracciones, teatros, restaurantes, comercios y áreas deportivas, no parece dejar un minuto al placer de la conversación relajada, interesante y provechosa. Sí, es cierto que el “Normandie” no era, como el “Anthem”, un buque de placer, sino un medio de transporte placentero. Y también es cierto que si éste es una máquina de hacer dinero, aquel, como muchos de sus contemporáneos, nunca fue rentable, requiriendo generosas subvenciones gubernamentales. Signo de los tiempos.
Me dirán que a qué esta disquisición sobre barcos. Pues bien, el “Normandie” fue botado en 1935. Por esas fechas se fraguaba en Francia el Frente Popular. Tras años de tanteos entre socialistas y radicales, Stalin reacciono ante la inquietante política alemana impulsando la incorporación de los comunistas a las coaliciones izquierdistas. Tras meses de conversaciones, se acordó el programa que se presentaría a las elecciones de 1936, así como escenarios para su aplicación. Apoyado por una amplia mayoría, el gobierno, presidido por Blum, decidió impulsar la economía, tras años de austeridad, impulsando la demanda: aprobó las vacaciones pagadas, cantadas por Trenet, la jornada de 40 horas y un aumento salarial del 12%. Se nacionalizaron los ferrocarriles y se abarataron las tarifas para que los trabajadores pudieran aprovechar sus vacaciones. Eso sí, orillaron asuntos como la defensa nacional, confiada al diálogo y a la Sociedad de Naciones. Daladier, firmante en Múnich, era el sucesor de Blum. Dos años después, la inflación había devorado los incrementos salariales, se devaluaba el franco, subía la desocupación y se anulaban, entre huelgas, algunas reformas. Y en 1940, Hitler “visitaba” un Paris ocupado. Era el resultado de años de conversaciones para fraguar un acuerdo. Aquí, ahora, los acuerdos se pergeñan (o no) entre urgencias, diagnósticos y tratamientos errados, tactismos, contradicciones, oscuridad, prejuicios ideológicos y, con frecuencia, arbitrismos a medio camino entre la demoscopia y las redes sociales. Nada hace pensar que vayan a resultar mejores. Dos apuntes finales: Francia repitió error económico en 1981, con consecuencias ideológicas mayúsculas. Y, segundo: requisado por EEUU, el “Normandie”, rebautizado “Lafayette” se hundió en 1942, luciendo colores de la US Navy, en los muelles de Nueva York.