La tragedia de Santiago toca el corazón de muchos asturianos. Y no sólo por la magnitud humana de la desgracia. Trescientos mil asturianos usamos cada año “patitos” idénticos al descarrilado: son casi una institución. Indudablemente, aún es pronto para valoraciones. Pero quizá podamos espigar reflexiones de urgencia sobre la “contornada” de la tragedia.
La noche del miércoles, varias tertulias intentaban analizar lo que allí ocurría, naufragando en sus pesquisas. Primero, por la abisal ignorancia de los comentaristas sobre el mundillo ferroviario –normal, aunque quizá no lo sea tanto conjeturar temerariamente lo que se ignora- lo que se traducía en elucubraciones disparatadas, que iban desde la colisión con algún objeto o los incentivos a maquinistas al atentado; hipótesis inspirada, indudablemente, por la similitud de las imágenes de Santiago con las que recordamos de Atocha y El Pozo el 11-M. Segundo, la combinación de ignorancia sobre protocolos de emergencia y la necesidad de cuantificar la tragedia –con un número de víctimas- antes de cerrar las ediciones de los periódicos, provocaba críticas por la lentitud en el recuento macabro. Tercero, el análisis de sistemas complejos, como el ferroviario, lleva a confusiones, empezando por las terminológicas, como el concepto de alta velocidad, cuando, por lo general, los accesos y salidas de estaciones –caso del lugar del siniestro- no suelen ser de altas prestaciones.
Asoma ahora, nuevamente, la desconfianza hacia nuestra capacidad como nación. Se habla de la ausencia de sistemas “europeos” de seguridad, cuando resulta que España parece ser pionero y líder en kilómetros de vía con ERTMS y similares instalados. Con los muertos aún tibios sobre el balasto, alguna política los endosaba frívolamente a los “recortes”, olvidando la atención al gasto en ferrocarril. Como asoma el maniqueo entre ciudadanía –en este caso serenamente ejemplar- e instituciones, puestas en solfa tanto en su rol de gestores como en el de investigadores de causas y depuradoras de responsabilidades. Por no mentar las dudas indiscriminadas que ahora se plantean, no ya sobre el tramo concreto del accidente, sino sobre una red ferroviaria que transporta 700 millones de pasajeros cada año sin mayores incidencias.
No se puede alarmar sin fundamentos. Y menos por interés partidista o de titular rentable. Porque los accidentes, por definición, siempre son posibles. En las últimas semanas, hemos asistido a tres accidentes ferroviarios muy graves: uno en París, con seis víctimas; otro en Canadá, con 47, y ahora el de Santiago. Nuestras sociedades exigen, crecientemente, seguridad absoluta, sea en las carreteras, en los ferrocarriles, aviones, alimentos, la previsión meteorológica o los hospitales. Creamos complejísimos sistemas y protocolos que buscan, redundantes, la seguridad. Pero precisamente por su complejidad, están sujetos al albur de lo imponderable, sea fallo mecánico, informático o humano. Asumámoslo. Y, a la vez, investiguemos serenamente qué ocurrió en Santiago -teóricamente, ese tren tenía que haberse detenido automáticamente – y porqué. Depuremos y juzguemos responsabilidades. Y mejoremos, aún más, la seguridad de nuestro sistema ferroviario. Pero no alarmemos innecesariamente. Ni tiremos piedras, precipitadamente, sobre nuestra autoestima. Ni sobre nuestro vapuleado tejado institucional.