Mientras, desde la sombra, Luis “el cabrón” (sic) alivia la canícula tirando de su famosa manta, Transparencia Internacional publica su informe sobre corrupción para 2013. Apuntamos algunos resultados. Primero: España no es excepción en esto de la corrupción. La ciudadanía de casi todos los países del mundo –salvo las islas Fiji, Camboya y algún otro- cree que la corrupción es notable y está aumentando. Segundo: los españoles nos autoposicionamos en un punto intermedio de la escala global: bien por encima de Finlandia, Dinamarca o Suiza, algo por encima de Francia pero por debajo de Italia y, no digamos, Grecia. Tercero: curiosamente, España, es uno de los países donde menos gente asegura haber pagado un soborno. Un 2%. Menos que Suiza, el Reino Unido o los Estados Unidos (5% -10%). ¿¿?? Y mucho menos que México (40%). Cuarto: lo que quizá marca la diferencia con otras naciones es que hemos construido un maniqueo atribuyendo la corrupción. Se la adjudicamos a partidos y parlamento en mucha mayor medida que la media mundial. Y muy por debajo de esa media a ONG´s, educación, salud o empleados públicos. En otros países no se espiga ese maniqueo con tanto vigor: la corrupción se reparte más igualitariamente. Los españoles se valoran mejor, moralmente, que a sus representantes.
El resultado revela quizá algunas cuestiones latentes. La corrupción en España tiene algo de virtual. Nadie la ve. Pero se siente. Y es que la corrupción, en el imaginario popular, es inaccesible para el común de los mortales. Sólo lo es para una casta, la de los políticos, que gozan de ese privilegio. Y ahí llegamos un segundo punto: nuestra clase (dejémoslo así) política ha cambiado menos que el conjunto de la sociedad española. Hace 35 años la formación y trayectoria profesional de nuestros representantes era muy superior a la de la mayoría social. Hoy no. Mantienen un nivel igual o menor, mientras que el de la sociedad –o amplias capas de ella- es muy superior. Aparecen entonces como gente sin oficio ni beneficio, disfrutando de esos privilegios amplificados quizá por el imaginario popular. Y, por ello, inmerecidos. Y aparece el privilegio como corrupción. Su icono: lo que ahora se llama –quizá injustamente- un “carromero”.
Pero muestra, sobre todo, el divorcio entre política y sociedad, dos mundos paralelos. Corrupto y virtuoso. Divorcio mayor, ahora mismo, en España que en otros países, quizá por disfrutar una democracia más reciente. De ahí las contradicciones –globales- de los nuevos movimientos que se debaten entre ser ciudadanía o hacer política. Como si fueran incompatibles. Sumen a todo ello internet, con sus verdades, medias verdades y mentiras sirviendo a oscuros intereses. Porque internet permite trasparencia, incluso stripteases: miren Anonymous y las cuentas del PP, Lacasitos incluidos. Pero no deja de ser un medio turbio, propicio a la política viral. Bárcenas o los ERE, son una anécdota. Asistimos al desconcierto mundial de la democracia representativa. Y de las relaciones entre la política, la sociedad y los medios. Lo que ignoramos aún es la respuesta a ese desconcierto.