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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Vértigo en el ascensor global

de pronto, vertiginosas transformaciones  sacuden nuestras vidas, llenándolas de incertidumbre – riesgo, dicen algunos sociólogos-desconcierto y estupor. Tras un siglo construyendo una sociedad segura que nos resguardara de las penurias de la vejez, la enfermedad, el desempleo, la climatología o la inseguridad en las calles y caminos -seguros sociales, sanitarios, de desempleo o agrarios, fuerzas de seguridad,…- llegamos a concebir un futuro unidireccional, lineal, de progreso asegurado: ingresos crecientes, pujantes clases medias, largas jubilaciones, hijos viviendo mejor que los padres… En España hemos exacerbado la seguridad: los jóvenes se “colocaban” (en un trabajo) para siempre. Nuestros padres y abuelos tuvieron, como promedio, uno o dos empleos en toda su vida. Insólito para un joven actual. La estabilidad familiar, el estatus social, todo parecía seguro.  Sorprendían las historias de los useños que cambiaban de trabajo cada cinco años.  Aquí eran cosas “para toda la vida”. O casi.

De repente, los pilares de seguridad y estabilidad que sostenían nuestra  sociedad están en cuestión.  La crisis golpea a compatriotas en la cincuentena, tras décadas trabajando en la misma empresa. O a todos aquellos que, trabajando, sufren mermas salariales tras años de mejoras.  Son brochazos que componen un paisaje social insólito hasta hace un lustro: de repente,  pasamos de un marco vital más o menos estable a otro imprevisible, en el que nada es seguro. Excepto -Benjamin Franklin dixit-  la muerte y los impuestos. Fíjense: el Eurobarómetro del pasado otoño asegura que  el 46% de los españoles vive al día, sin hacer planes para el futuro. Quizá nos consuele que en Grecia es un 70%.Pero, claro, en Escandinavia o Alemania es sólo un 15%.

Súbitamente sentimos que no controlamos nuestras vidas. Y, lo que es peor, no sabemos exactamente porqué. En la UE o en EEUU, la ciudadanía percibe claramente que, más allá de la indecencia de algunos financieros y la incompetencia de muchos políticos, la globalización, la guerra económica mundial, está en el fondo  de lo que nos pasa y de lo que nos pasará. En España, no: culpamos aún, tanto monta, a banqueros y políticos. Si a la globalización sumamos el aumento de la esperanza de vida, las grandes migraciones, internet o el creciente comercio mundial, emerge un escenario que nos obliga a replantearnos muchos  de esos esquemas que  dábamos como seguros y nos resistimos, comprensiblemente, a abandonar.

Tendremos que aprender  a convivir con un margen razonable de incertidumbre. A no confiar católicamente el futuro al dios-Estado sino, siquiera en parte, y como calvinistas, a nuestra previsión individual, bien aconsejada. También a innovar. A asumir riesgos y  -con naturalidad- fracasos, aprendiendo de ellos. Quizá también promoviendo valores y reglas de juego que ordenen un poco el mundo, superando lo europeo, trasatlántico y transpacífico. Y es que, tal parece que en el mundo vamos en ascensores que suben y bajan. Y que nosotros, aun remontando la crisis, bajamos.  Mientras, Brasil o Turquía, que suben, reclaman lo que aquí está en cuestión. De no hacer nada, un día nos encontraremos. Pero ¿en qué piso?

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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