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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Pensiones, cultura financiera y el pisito

Decíamos el sábado pasado que España era excepción y no regla en esto de las pensiones, confiando nuestro porvenir a la providencia del Estado… y al pisito. Acaba de publicarse “Hausehold aggregate whealth in the main OCDE countries from 1980 to 2011”. Entre los “main countries” aparece, naturalmente, España.  ¿Y qué nos dice? Asegura que la riqueza financiera de las familias españolas es la menor de los países analizados. Y la que menos ha crecido durante los últimos 30 años. Estadounidenses, canadienses, japoneses o británicos ahorran poco, pero disfrutan una riqueza financiera notable: acciones, fondos de pensiones, seguros… Alemanes, franceses o italianos compensan su menor riqueza financiera –que casi dobla a la nuestra, en todo caso- con elevadas tasas de ahorro. Pero en España apenas acumulamos riqueza financiera o ahorro. Sólo pisos. En cantidades que duplican o triplican las de nuestros vecinos.

Los españoles somos reacios a todo aquello que suene a inversión: tendemos a lo aparentemente seguro. Depósitos a la vista o cuentas a plazo. De invertir, optamos por renta fija. Seguros, los obligatorios. Y abrimos un fondo de pensiones, es más por desgravar ahora que por cobrar mañana.  Si a la supuesta seguridad se añade la avaricia, surgen las preferentes o las “afinsas”, garantizando inverosímiles  rentabilidades del  7% ¡indefinidamente! Y, claro, el piso, alimentado por el mantra “nuncabajista”.

El problema es que la inversión inmobiliaria nos ha salido rana: la segura rentabilidad “nuncabajista” devino en baja sin precedentes. Los pisos adquiridos antes de 2002 han perdido valor. Los comprados en el apogeo burbujil hasta un 60%. Y con un residual ilíquido. Sin embargo, estadounidenses o canadienses han recuperado ya el valor de su patrimonio previo a la crisis. Un efecto riqueza que, supongo, será acicate al consumo y la inversión. Y a la movilidad laboral. Al contrario que en España, atrapados por ese patrimonio inmóvil, devaluado e invendible.

Pero… ¿por qué los españoles gastamos los ingresos de ocho años –casi la mitad de la renta familiar durante 30 años- en pisos sobrevalorados e insustituibles? Más allá de los prejuicios culturales, de casado casa tiene y de la falsa seguridad del “nuncabajismo”, el piso es algo tangible: se toca y se disfruta de inmediato. Algo decisivo en una España donde aún sorprende descubrir que el banco no guarda nuestro dinero en una cajina. Pero no es menos cierto que la experiencia financiera española  –la que va de las “matildes” a las preferentes, pasando por mutuas y fondos de pensiones-  no es estimulante.  Y la del pisito, sí. Hasta ahora.

Sin embargo, tal y como funciona la jubilación en la mayor parte de los países, donde las pensiones no suelen superar el 50-60% de la base cotizada, lo previsible es que ése sea el camino a seguir. Quizá convendría averiguar por qué el sistema mixto funciona bien en Canadá o en Alemania y no aquí. Y actuar en consecuencia. Serán muchos los cambios culturales que nos imponga esta crisis. Y adaptarnos a las  incertidumbres de la cultura financiera  será uno de ellos.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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