Basado en hechos reales | Remartini - El vermú eterno - Blogs elcomercio.es

Blogs

remartini

Remartini - El vermú eterno

Basado en hechos reales

Hace muchísimo tiempo, cuando era joven y esbelto, una tía me invitó a comer en un restaurante un 31 de diciembre a cambio de que por la noche yo la invitase a cenar en mi casa. Muy mal se tenía que poner aquello para no saludar el nuevo año mojando el ciruelo.

 

 

Casi todo salió perfecto, quizá porque planificamos lo justo, dentro de lo posible, sin pretender un día redondo. Queríamos comer en un sitio determinado (Ca Suso), pero al pasar por el establecimiento unos días antes nos dijeron que ya no tenían hueco, que habían comprometido todas las mesas, incluida la que nos merecíamos nosotros de tanto apetecernos y a la que saludé con los ojos mientras otra pareja sentada en ella se arrimaba en ese momento las manos, sobándose, sobándomela.

 

 

 

 

 

Enseguida pensamos una segunda posibilidad para aquella última comida del año: un restaurante llamado Married, muy aplaudido. Pero el 31 cerraba al mediodía, según nos dijeron por teléfono, amables. No intentamos una tercera reserva, pues ambos éramos personas de segundas partes: a la segunda va tu vencida, o no va.

 

 

 

 

Quedamos pues al mediodía de aquel 31 y dejamos que el vermú nos arrastrase en volandas por un Oviedo incongruentemente soleado hasta las tres de la tarde pasadas, momento crítico en el que has de decidir si vas a comer o si sigues pincheando al tuntún, bajo riesgo de moña. Nos acercamos a uno de nuestros locales habituales (180 grados), con la intención de apañarnos unas raciones en la barra ante el previsible lleno del comedor. Yo estaba de un humor excelente, según anticipaba mi cara. La víspera había visitado a mis tenderos favoritos para adquirir los ingredientes de la cena y todos se habían portado conmigo como elfos afectuosos. Mi carnicero me regaló un recorte generoso de solomillo de ternera, mi pescadero tuvo el detalle de limpiarme los bocartes, y mi vinatero, al que solicité que me aconsejara un vino para triunfar, me hizo una oferta que no pude rechazar: Pittacum Áurea, cuyo solo nombre ya invitaba a reclinarse entre laureles. Y recordemos que yo pretendía empezar el año precisamente reclinándome. No obstante, para asegurarme de que descorcharía algo pasada la medianoche, también eché al carro una botella de Colet.

 

 

 

 

Esa misma mañana había bajado el supermercado a comprar levadura fresca y me había agenciado de paso unos cangrejos baratos, pues las andaricas se vendían a 36 euros el kilo. Deduje por semejante precio que debían de ser nécoras universitarias, con gafas, demasiado sofisticadas para participar en la sopa de marisco de un cocinillas cutre como yo. Las inspeccioné, las husmeé y, educado siempre manque pobre, las saludé en perfecto inglés. Pero me llevé para casa a sus compadres proletarios, quienes de inmediato confirmaron mi elección pataleando con una vivacidad desesperada, y ciertamente contagiosa. De la que regresaba andando, por un momento imaginé a Gonzo y a Rizzo dentro de la bolsa contándole a la cámara mis peripecias domésticas, rodeados de crustáceos de trapo que cantaran un ‘Morituri te salutan’ en animado coro.

 

 

 

 

Así que al acodarme en la barra del 180 grados mi ánimo mezclaba la alegría de Jim Henson con la perspectiva de una cena sabrosa, el apetito inmediato despertado por el calorcillo del vermú previo, y por supuesto, la prometedora presencia de una chavala dispuesta a aguantarme hasta el alba; o eso creía yo. La línea se convirtió en bingo cuando el jefe de sala nos informó de que podía acomodarnos en una mesa.

 

 

 

 

Compartimos tres platos: una triada de raros escabeches caseros (tomates con kéfir, mejillones con fruta de la pasión, y perdiz con avellanas), un plato de pixín negro con pulpo, y otro de setas frescas con huevo y foie. Como se ve, dos rodeos sucesivos al monte y al mar, a cual más espléndido, que me dejaron harto, con la respiración agradecida de un carnero, y a mi amiga, luminosa como un barco por el brillo de tanta sal entre sus labios. Al intentar besarla, me atizó un servilletazo. Y apuró ella sola la botella de Priorat.

 

 

 

 

Por la tarde paseamos, tomamos cafés con amigos, volvimos a pasear.

 

 

 

 

Parece mentira que haya transcurrido tanto tiempo desde aquel día impecable, porque lo recuerdo como si estuviera sucediendo hoy. Llegamos a mi casa hacia las ocho y media. Le serví una cerveza y la invité a descansar en el sofá del salón mientras yo remataba la cena, que había dejado encarrillada por la mañana. Horneé un pan de maíz. Acicalé la sopa de cangrejos con unas hierbas. Coloqué sendas bandejas con bocartes ahumados y bocartes marinados, custodiados los primeros por una gelatina de tomate, y los segundos, por una bolica de paté de aceitunas y otra de wasabi. Y emplaté un steak tartare salpicado con el cebollino del alféizar, y acompañado por una sencilla mayonesa de anchoas. Abrí el vino, puse la mesa con servilletas de tela, elegí un disco, bailé su arranque durante unos segundos, y empecé a zarandear a mi invitada, que había decidido reclinarse sola y se había quedado frita en el sofá.

 

 

 

 

Fue, probablemente, la mejor cena de mi vida.

 

 

 

 

 

Al acabar, la susodicha se volvió a sobar en el sofá. Supe que era definitivo cuando, con sumo cuidado, muy despacio, sentado a su lado, le coloqué una mano sobre una teta y no se inmutó. Dejé la mano ahí un rato, mientras con la otra me acababa el cava. Me sentí imperial.

 

 

 

 

 

A veces no sucede nada especial porque, simplemente, todo cuanto te rodea es un mundo extraordinario.

 

 

 

 

 

 


enero 2014
MTWTFSS
  12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031