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Remartini - El vermú eterno

¡Abajo el garbanzo, abajo el capital!

 

Estaba comiéndome un cocido casero en la cocina mientras afuera llovía con un empeño cruel, en un día sombrío, uno de esos días terribles que el Norte sufre dos docenas de veces al cabo del invierno, breves pero larguísimos, atenazados, impracticables, cuando de repente el chorizo saltó del plato.

 

 

 

 

Y digo ‘saltó’ en lugar de ‘cayó’ porque aquella acrobacia elegante que describió en el aire, cuyo cénit alcanzó mi nariz, no podía sino responder a una voluntad viva, coleante y muy segura de sí misma. Ese chorizo no estaba muerto ni matado porque además no cayó tumbado en la mesa, qué va, aterrizó tieso como un junco tras el plato, dejándolo como barrera diplomática entre ambos y mirándome taciturno a través de dos minúsculos trocillos de tocino blanco asomados en su tramo superior, cual ojos, a los que de repente les brotaron dos insignificantes círculos de pimienta negra, o pupilas. Las mías casi se me caen al suelo al presenciar aquella encarnación imposible de un Señor Patata sin piernas ni brazos, rojo bermellón, trapecista y jibarizado. Una pesadilla charcutera digna de un Kafka rural.

 

 

 

 

“Me piro”–, dijo sin mediar presentación y con una voz atiplada, incongruente con su aspecto rollizo.

 

¿Que te vas? ¿A dónde?–, pregunté, flipando, claro.

 

A una fábrica de conservas de Burgos, a ganar una misera. Han hecho un ERE en el plato, tío, y era el traslado a otra cazuela, o la puta calle. Y ya sabes, tengo una chistorra y dos lonchas de Pamplona que mantener. Así que cojo los bártulos, y pa Castilla, qué remedio. Me voy, y que les den mucho por el culo a todos.

 

¿Un ERE? ¿Pero quién demonios ha hecho un ERE en mi plato?–, pregunté, recalentándome la cabeza ante lo absurdo de la escena.

 

Los garbanzos, los jodidos garbanzos, tío, que quieren recortar gastos y han decidido prescindir de todo lo que consideran superfluo, porque dicen que el guiso está sobredimensionado y que no es competitivo ya. Y encima lo justifican por motivos de salud, jódete. ¡Un cocido con motivos de salud! Ver para creer. ¡Anda y que les den!–, zanjó, y echó a andar a saltitos hacia el borde de la mesa como un niño torpe en una carrera de sacos.

 

 

 

 

En ese momento brincaron del plato, en una lluvia inversa, dos trozos de morcilla, el tocino que me había reservado en un aparte para rematar la comida (untado en pan, mmm) y la media mano de cerdo que ocupaba la bodega de aquel buque pirata cuya tripulación, al parecer, me desalojaban ahora unos garbanzos investidos de una autoridad patronal. Todos los náufragos voluntarios encarrilaron la misma dirección que el chorizo, persiguiéndolo a voces, e insultándole por esquirol. “Vuelve y súmate a la huelga, chorizo cobarde”, le gritaban, indignadísimos, y escupiendo tropezones. Se mostraba con especial virulencia la mano de cerdo, grande y mórbida, que encabezaba esta comitiva vindicativa con un andar resuelto y una voz carajillera muy de Madrid. Quizá había sido elegida portavoz laboral del conflicto, o presidía el comité de empresa, o ambas condiciones a la vez. O quizá era un simple Cojo Manteca.

 

 

 

 

El chorizo apretó el paso en un intento por dejar atrás a sus indignados compañeros de compango. Y entoncés resbaló, pues el pobre, mero fugitivo de la recesión, chorreaba salsa abundantemente por toda la bata de tripa con la que se embuchaba sus carnes. Sin embargo, la gran aceleración que había adquirido en su breve huida desde el plato le impulsó lo suficiente como para arrastrarlo, caído y tumbado, hasta el borde de la mesa, por donde se despeñó soltando un alarido. Iba yo a agacharme para socorrerle, cuando tres garbanzos se encaramaron a la cabeza de ajos que se orillaba en un flanco del plato, desde cuya altura empezaron a leer un comunicado con gravedad:

 

 

 

 

Se hace saber que la dirección de este puchero ha decidido la suspensión temporal de empleo y sueldo, hasta nuevo aviso, de todos los ingredientes que a continuación se refieren. Uno: peones de puerro, zanahoria, apio y otras seciones verdes de segundo grado. Dos: oficiales de chorizo, morcilla y panceta. Tres: encargados de grasa, tanto en la división de apéndices de cerdo (mano o rabo), como en las de tocino entreverado y tocino blanco. Y cuatro: maestros de sustancia, sean huesos de ternera o de jamón, o muslos de gallina. De igual forma, los hasta ahora contratos indefinidos de fideo cabellín pasarán a ser eventuales, según considere a discreción la subdirección de sopas, que actualmente estudia la posible externalización del servicio, respetando por supuesto los convenios sectoriales.

 

 

 

 

 

Acabado el comunicado, los tres garbanzos se volvieron a sumergir en el plato, no sin antes regalarle al aire una cabriola espectacular.

 

 

 

 

El efecto que aquel anuncio de la dirección leguminosa provocó entre los pecios del cerdo es imposible de describir aquí. Bramidos, cánticos de guerra, insultos a mil señoras garbanzo a las que se les atribuía un viejo oficio lascivo, avisos de próximas bombas en la malla donde los garbanzos se cuecen en la olla para no mezclarse con el resto de ingredientes, encomiendas a Bakunin, no nos moverán, el tocino especialmente histérico (“¡¡Sin mí dentro de ese puchero no hay cocido de verdad, hijosdeputa, solo sois un hatajo de bolas de mierda estofadas con ajo y cebolla!!”)…, y así hasta un interminable etcétera de cólera, impotencia, indefensión y vértigo.

 

 

 

 

Comprendiendo su dolor, y concluyendo que carecían de una salida feliz, me convertí en dios de semejante tragedia y –ya con cierto dolor de cabeza por la protestas, la verdad– me fui comiendo a toda la manifestación.  Por supuesto, dejé al tocino para el final, untado en pan, en un montadito divino que aplasté contra el paladar mientras, sin remordimiento, como un empresario de Quino, volvía al libro que estaba leyendo antes del cisco laboral, que no era otro sino ‘Lo que hemos comido‘, de Josep Pla. Lo había aparcado entre sus primera páginas, justo donde dice:

 

 

 

Algunos platos, como el cocido catalán –la escudella i carn d’olla– han venido a menos, y su decadencia se acentúa sin parar. Este plato, considerado antaño, quizá por su mismo arcaísmo, uno de los puntales de toda la sociedad, ha resultado en nuestros días demasiado caro. Un buen cocido como los que se hacían antes vale ahora un dineral.

 

 

 

 

 

No suelo compartir estas melancolías sobre el pasado, y menos aún si se refieren a la gastronomía. Pero he de reconocer que este párrafo que escribió Pla en los años setenta, con la boina puesta todavía en la posguerra, ahora mismo, es verdad.

 

 

 

 


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