Prudón, el pollo cántabro | Remartini - El vermú eterno - Blogs elcomercio.es

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Prudón, el pollo cántabro

 

Cuando le conocí, ya no tenía cabeza.

 

 

 

 

 

Así que nunca le vi la cara, nunca supe si le había sonreído al mundo o si la vida le había avinagrado la expresión. Supongo que lo primero, pues había vivido en compañía de los suyos, sin ocupación alguna, libre y bien alimentado. “Un auténtico pollo anarquista”, me definió el amable criador de Picasuelos de Cantabria cuando me trajo al periódico el cadáver de Prudón, tan reciente aún su muerte que lo hubiera notado caliente de no haber estado embalsamado al vacío. He de decir que tampoco se llamaba Prudón. Además de sin rostro, me llegó anónimo. Pero decidí bautizarlo con ese nombre al sacarlo de la bolsa, al comprobar la nobleza de su carne, la certeza de su libertad y la repudia que, probablemente, debía de haber manifestado hacia toda autoridad externa mientras pudo corretear a su antojo, o cortejar gallinas, o leer libros repantingado en el corral como un intelectual de paja. Porque aunque nunca le vi la cara, estoy seguro de que Prudón llevó gafas.

 

 

 

 

Imagino que fue un pollo siempre despeinado a causa de lo agitado de su pensamiento. Lúcido, elocuente, y deduzco que también porfiado, pues la longitud de su cuello casi igualaba la de sus pechugas. De lo cual se puede inferir que Prudón enfatizó sus frecuentes peroratas por el campo con intensos movimientos de cabeza en derredor, dirigiéndose a todos los camaradas con los que en cada momento compartía pasto, pienso o simplemente solaz, y a quienes entretenía con sus reflexiones emancipadoras quisieran o no. Esa costumbre, o terquedad de filósofo, probablemente le fue alargando poco a poco, discurso a discurso, soflama tras soflama, el cuello, un cuello asalchichado, un cuello enfocado a la verdad, que conforme empujó ideas hacia la comunidad también se fue nutriendo de músculo y de grasa infiltrada, y de una gruesa y elástica capa de piel que se encargó de darle una eficaz cobertura invernal a tanta carne activa. Necesité la macheta y una considerable cantidad de violencia para separar aquel pescuezo del cuerpo de este líder rural. Y ni te cuento para desmembrarlo por completo.

 

 

 

 

El cuello, el espinazo y los huesos de la pechuga, asados previamente en el horno, propiciaron un caldo tan oscuro e intenso como un fondo de ternera. Guardo en el congelador una bandeja de croquetas fundamentales, elaboradas con las carnes sobrantes que rescaté de aquella laguna Estigia.

 

 

 

 

Las mencionadas pechugas de Prudón, a su vez, eran mucho más pequeñas que las de los pollos falsificados que compramos en los supermercados, cuyas desmesuradas delanteras superan en tamaño a las piernas según una proporción absolutamente antinatural. Para que nos entendamos: si fueran tetas, las de Prudón habrían sido dos tetas menudas, firmes y frescas, dos tetas de melocotón. A su lado, las otras, las pechugas convencionales, parecen los pechos abotargados de una anciana que a duras penas se sostiene ya sobre las dos canillas que un día, tiempo atrás, fueron unos muslos donde apetecía sumergir la cordura.

 

 

 

 

Preparé un majado con ajo, jengibre, sal y pimienta, embadurné las pechugas de Prudón, la socarré en una sartén unos segundos, abrasé un chorro de fino, añadí un poco de soja, rayadura y unas gotas de limón, y las rematé en el horno. Monumentales. Para encender una revuelta.

 

 

 

 

Como ya he indicado, Prudón era, o había sido, cántabro. La nobleza de su cuerpo y –a buen seguro– la densidad y trascendencia de su pensamiento, merecían una despedida de este mundo superior, propia de un gallo de falansterio, de un marqués de las cañadas. No tuve que pensar mucho. Decidí sustanciar a mi amigo anarquista bajo la fórmula familiar que utiliza Nacho Manzano para los pitos de caleya astures, que suelen ser más grandes y mas adultos, pero igualmente soberanos de ánimo. Así que los muslos, contramuslos y las alas fueron estofados muy, muy despacio, casi molécula a molecula, en el seno de Bernadette, mi mejor olla. Con el corazón, el hígado y la molleja procedí según refiere la receta del genio de Casa Marcial.

 

 

 

 

Pasamos la vida intentando dominarla, revolviéndonos ante el mundo, protestando porque los demás no son como deberían ser o porque no nos tratan como merecemos. Unos pocos, sin embargo, miran, piensan, actúan con fraternidad en el ámbito que alcanzan, y mueren. Prudón fue uno de esos seres pequeños y lúcidos, la bombilla de su corral. Quiso el destino que, cuando se apagó, los patronos que le habían criado como a un revolucionario mimado leyeran una columna que mi pluma incapaz había publicado en las páginas del diario. Gustándoles ese párrafo largo, decidieron agradecerme el rato regalándome el cuerpo todavía palpitante de aquel animal incomparable. Bien sabe Artemisa que traté de honrarlo con todo mi esfuerzo, con mis mejores aparejos, con la maña de la que carezco; con el respeto litúrgico que solo guardo para mis mejores tebeos. Y Prudón, de vuelta, me demostró con su último suspiro que la generosidad es la única posteridad útil. Me devolvió todas las horas que le dediqué multiplicadas por diez, y condensadas en un centenar de instantes. En cada cucharada de caldo, en cada trozo de pechuga, en bocado de estofado, en cada menudillo, en cada mordisco de croqueta, me sentí libre, salvaje, dueño de mi vida, mutualista de la humanidad. Aun sin haberle visto la cara, ya nunca podré olvidarlo. Prudón, coño: te amo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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