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Remartini - El vermú eterno

La tetera zen

En un momento dado, el maestro zen Edward Brown se echa a llorar.

 

 

Yo estaba en casa, tumbado en el sofá, viendo el documental, y la verdad es que no me esperaba que el protagonista perdiese los papeles de esa manera. Hasta ese momento de la película, el relato de Edward Brown, cuya vida ha consagrado a la alimentación de los hombres y de su espíritu, transcurría como una historia deslavazada, pequeña y humilde. Como cualquier vida, vaya. Pero, de repente, y casi sin dejar de sonreírle a la cámara, a Brown se le escapan dos lagrimones densos, que le chorrean por las mejillas sin que haga ademán de recogerlos. Parece que, asaltado por un recuerdo turbio, se disponga a contar una anécdota desgarradora, un momento memorable de su vida que le abolló. La cámara se acerca con un zoom atropellado para no perderse detalle de cuanto entiende que va a confesar este cocinero budista, fino en sus movimientos, y con un carácter risueño y apaciguado. Pero Brown no dice nada, no desvela ningún pecado personal. Simplemente deja que la tristeza corra, y se entretiene en la simple descripción evocadora del día en que, en mitad del fragor de un servicio complicado, descubrió el simbolismo de las viejas teteras que apilaba en una alacena secundaria de su cocina. A partir de esa imagen, te explica el significado de la palabra sinceridad con una metáfora tonta pero rotunda. Una metáfora esencialmente budista. La escena, de tan simple y tan sentimental, resulta antológica.

 

 

 

 

A mí me atrapó de una forma especial porque, además, unas semanas atrás le había comentado a Patricio (mi amigo gay, o el hombre con las pantorrillas de abad) que quería comprarme una tetera. Cuando le digo este tipo de cosas, estas menudencias domésticas sin otro interés que el capricho del aburrimiento, Patricio ni se inmuta, sigue depilándose las cejas o secando los vasos del lavavajillas como si en el patio del vecino hubiese tosido un perro. Si acaso, resopla, se atusa el pelo, y seca. Ese día, sin embargo, recuerdo que insistí, y que le concreté que no quería una tetera tal cual, sino uno de esos aparatos que calientan el agua al fuego y que, cuando hierve, te avisan chillando como viejas histéricas. “Son unos artefactos tan idiotas y prescindibles que no entiendo cómo hasta ahora he podido vivir sin comprarme uno, añadí. A lo que Patricio, soltando el paño, respondió: “¿Y si te calientas el agua en el microondas y te chillas a ti mismo para avisarte cuando hierva, eh?”.

 

 

 

 

En ese momento interpreté su pregunta como un sarcasmo. Algo en su entonación me sugirió un sutil poso de ironía. Pero ahora, gracias a Edward Brown, sé que el comentario de Patricio escondía un mensaje zen.

 

 

 

 

Cómo cocinar tu vida’ tiene un título espantoso y una de las carátulas más feas que ha parido ninguna distribuidora cinematográfica: un rábano rojo con una cara oriental cutre tallada en la piel, que parece haber dibujado una organizadora de fiestas de jardín mientras con la otra mano sujetaba un martini de vodka. Pero solo por la escena de las teteras deberías ir a la biblioteca pública, buscarlo, llevártelo a casa y verlo tumbado en el sofá. Yo no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar cuando lo descubrí en la estantería dedicada a los documentales, mezclado entre deuvedés sobre el Tercer Reich, sobre el Tercer Reich y sus secretos, sobre el Tercer Reich y sus archivos ocultos, y sobre el Tercer Reich y sus misterios secretos y ocultos. Es increíble la cantidad de información esotérica que dejó esa gente perfectamente catalogada antes de rendirse. Casi diríase que fueran judíos.

 

 

 

 

Eso pensé mientras salía de la biblioteca. Las bibliotecas públicas son unos sitios excepcionales. Prohíben a la gente hablar, lo cual ya de por sí merece un aplauso de estadio. Además, dispensan entretenimiento gratis en diversos formatos, para múltiples gustos, y sin hacer preguntas. Y por si fuera poco mérito, también recopilan toda la información sobre los nazis que cualquier ciudadano cultivado necesite consultar. La historia de la humanidad es la historia de los nazis, y luego, si acaso, lo que hicieron el resto, los egipcios, por ejemplo. Pero ante todo los nazis, qué duda cabe. Y no tanto lo que hicieron como nazis propiamente dichos la guerra y matar, sino lo que hablaron entre ellos cuando estaban a solas, en confianza, y con los hornos apagados. Eso es fundamental. ¿Para qué? No sé. Pero a la vista de la abundante oferta editorial y televisiva, conocer al detalle sobre qué insensateces especularon los nazis en sus ratos de asueto asesino es absolutamente fundamental.

 

 

 

 

Los meses en que ninguna distribuidora amplía su catálogo con otra sorprendente revelación gamada (‘¿Existió un faraón nazi?’, por ejemplo), las bibliotecas públicas adquieren títulos más intrascendentes para la cultura popular, caso del referido ‘Cómo cocinar tu vida’, o incluso libros.

 

 

 

 

Por lo que he buceado en internet, ‘Cómo cocinar tu vida’ no recibió buenas reseñas en su día, muchos críticos la despreciaron como un manual de autoayuda banal, sin interés gastronómico ni cinematográfico. Se equivocaron, los muy nazis. Para los tontos, la inteligencia consiste en descubrir supuestos fenómenos por todos lados, en lugar de ver simplemente las cosas pasar. Si disfrutas de la cocina, de amasar, cortar, oler y moverte entre cazos, las reflexiones deslavazadas, pequeñas y humildes de Edward Brown te contarán muchísimo sin decirte casi nada. A veces ni siquiera le entenderás. Pero como lo razona todo descojonándose, pues te parecerá estupendo. En ese tipo hay verdad, es un cocinero apasionado y sin misterio, un chef de la tranquilidad que desconfía de todo lo que le atropelle la elaboración de un buen pan, incluida la levadura.

 

Así que me voy a comprar la tetera. E igual hasta le regalo un rábano chino a Patricio, con un martini tallado detrás.

 

 

 

 


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