El jinete del rodaballo | Remartini - El vermú eterno - Blogs elcomercio.es

Blogs

remartini

Remartini - El vermú eterno

El jinete del rodaballo

Una vez tuve un amigo que, cuando quería seducir a una tía, la invitaba a cenar a casa y le cocinaba un rodaballo al horno. Decía que nunca fallaba. Solo sabía cocinar eso, pero siempre mojaba.

 

 

 

 

 

 

Conté la historia el otro día durante una cena de puertas abiertas que organizó la Cofradía de la Oreja de Cantabria. Nos convocamos en casa del presidente de la organización e invitamos a varias mujeres, a fin de establecer lazos con la sociedad civil y de mostrar la categoría intelectual y culinaria de nuestras reuniones, en absoluto vinculada con el alcohol. La señora esposa del presidente tuvo a bien prepararnos varios platos (bocartes en vinagre, espárragos blancos frescos y cachón con arroz), ganándose una merecida sucesión de elogios, porque tiene una mano suave para cocinar que se aprecia de inmediato. Eso se nota. Supongo que a mi amigo el seductor se le percibía también la intención en la textura del rodaballo, en su carne voluptuosa. Que el aroma salino del animal sugería su inquietud meridional; que las rodajas de limón, ancladas en el lomo del pez como marcando un sendero, delataban la acidez de su propósito, y que las víctimas de su plato único recibían sin notarlo esos efectos subterráneos, avanzando, bocado a bocado, hacia la cama de mi amigo sin darse cuenta del ardid que les había urdido.

 

 

 

 

El rodaballo me ha quedado asociado al recuerdo de aquel tipo perdido, entonces un casanova de barrio capaz de cocinar una sola receta, aunque eficaz. Siempre que paso por una pescadería y veo expuesto un ejemplar del tal pez chafado pienso si todas sus novias fugaces se acordarán igual, con ese resorte que determinados olores o canciones desatan en la cabeza. Alguna, quizá, todavía verá un rodaballo tumbado entre hielos y notará corretearle algo por los bajos, como a otras les aflorará un rencor amargo, o una sonrisa por la cual les preguntará el marido, obligándoles a mentir con gusto, porque hay memorias que han de guardarse para uno mismo, sobre todo las que se alojan entre muslo y muslo.

 

 

 

 

Como soy algo raro, colecciono otras asociaciones de personas y animales aparte del citado rodaballo y aquel dandi de extrarradio. Siempre que como fuet me acuerdo de Pedro, de nuestras noches jugando, bebiendo, escribiendo. También, por defecto, comparo todos los micuits que pruebo con el que me enseñó a preparar Jacinto, e irremediablemente acabo echándole de menos, a él y a su delicioso hígado de pato cuidadosamente cuajado, como siempre cuaja todo Jacinto, el auténtico hombre tranquilo. Y así con media docena de seres humanos a los que aprecio y a quienes enlazo en mi trastero sentimental con otros tantos platos magníficos, incluido por supuesto mi queridísimo Patricio y su lasaña, o su fabada, o su besamel de manteca, que requiere ser removida con un meneo de culo muy preciso.

 

 

 

 

Me gustaría dejar un recuerdo similar a mi alrededor, aunque no creo. Nunca he invitado a cenar a ningún ligue a casa porque no hubiera podido esperar siquiera al postre sin avalanzarme sobre la mesa. Por otro lado, la mayor parte de las invitaciones que curso a mis amigos las improviso sobre la marcha, de la que se complica el vermú o la ronda de vinos, así que acabo sirviéndoles los restos de la nevera y un par de latas, en lugar de apañarme con tiempo unas recetas modernas, con su decoración tutiplén, como hacía en mi juventud, cuando el sifón de nitrógeno se antojaba un artilugio imprescindible. Y las pocas veces que me toca cocinar en casa ajena, armo unos pifostios de narices.

 

 

 

 

Sin ir más lejos, el otro día, en la cena bisexual de la cofradía, me encomendaron la sencilla tarea de freír una docena de láminas de pastel de oreja que nos había proporcionado, como detalle, la propietaria de Bodega La Montaña, madrina de nuestra asociación. Freír el pastel de oreja es tan sencillo como socarrarlo a la plancha hasta que se consuma la gelatina y el esqueleto resultante se turre. Basta dejarlo en paz. Pero mi limitado entendimiento, unido a mi antedicha impaciencia, me condujo a desgraciar los primeros intentos al darles demasiado pronto la vuelta, error que desembocó en un follón de cartílagos y de grasa que, al ser removido de nuevo insistiendo en la cagada, fue adquiriendo la forma de una madeja de lana gorda. Me costó varias láminas (y dos o tres copas de tinto) conseguir un plato de oreja crujiente, porque además de corto, soy lento, aunque nunca por fracasar cejo, lo cual constituye mi lado bueno. Desesperante, sí, pero bueno.

 

 

 

 

Ni que decir tiene que en aquella cena no mojó nadie. Creo.

 

 

 

 

Mis últimas asociaciones de recetas y personas están ligadas todas a un tipo que apenas levanta un palmo y medio del suelo pero que se ha convertido, por decisión propia, en mi pinche de fin de semana, cuando aprovecho las mañanas del sábado y del domingo para relajarme preparando de un tirón la comida de los próximos cinco días laborales. Yo cocino en cadena, a cuatro fuegos, y él pela, pregunta, mancha, pela, prueba, pregunta, pregunta, mancha, corta, está a punto de cortarse mil veces y vuelve a preguntar, porque para tener apenas una década, habla ya como una cotorra vieja. A base de dar la chapa, este enano feliz ha conseguido que los espaguetis a la carbonara y los huevos revueltos (sus dos primeros logros en solitario) queden ya asociados en mi memoria a su franca sonrisa de piños desordenados. Y no soy el único. A Michael Pollan le sucede lo mismo, según cuenta en su fabuloso libro ‘Cocinar’:

 

“Los domingos se han convertido en un pasatiempo que estoy deseando que llegue. Isaac suele acompañarme, se trae el ordenador portátil a la cocina y hace sus deberes mientras yo pico las verduras, las rehogo, las sazono y las remuevo. En ocasiones se levanta para echarle un vistazo a la olla, coge una cuchara, prueba lo que estoy preparando y me aconseja de forma voluntaria que le añada algún condimento (…). Me he dado cuenta de que el mejor momento para hablar con un adolescente es mientras se hace algo distinto, y las horas que pasamos juntos en la isla de la cocina, durante lo que será su último año en casa, se han convertido en los momentos más agradables y llevaderos que hemos pasado juntos. Creo que él piensa lo mismo”.

 

 

 

 

Lógicamente, al leer hoy este párrafo me he acordado de mi joven padawan. Porque soy un hombre tierno. Aunque he de reconocer que al cerrar el libro y perder la mirada en su portada (así como en plan evocador), el apellido del autor me ha hecho acordarme igualmente…, del colega aquél que cabalgaba a lomos de los rodaballos. Porque a la par que tierno, ay, soy también un cerdo.

 

 

 

 

 


junio 2014
MTWTFSS
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
30