Un colchón de libros | Remartini - El vermú eterno - Blogs elcomercio.es

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Remartini - El vermú eterno

Un colchón de libros

Poco a poco, los libros de cocina que iba despachando en la soledad de su cuarto empezaron a volverle loco.

 

 

 

Había terminado ‘Cocinar‘, de Michael Pollan, y nada más empujar la contraportada lo encumbró a voz en grito como uno de los mejores ensayos gastronómicos que había leído jamás, un entusiasmo que le manifestó al mundo (o sea al vecindario), y también al propio ejemplar, bailando abrazado a él por los pasillos de la casa, y besándolo. El pequeño Marco reencontrando a un Amedio perdido en los Apeninos parecían juntos, de haberlos visto.

 

 

 

Si bien por esta descripción nuestro protagonista merecería ser calificado de imbécil profundo, en su descargo hemos de matizar que se trataba de un hombre de voluntad pero de entendimiento justico, incapaz de encajarse en una vida adulta, en la templanza y en la grave responsabilidad. Incapaz de encontrar un centro de gravedad permanente que no variara lo que de joven pensaba de las cosas de la gente. Nuestro amigo no era cínico porque, simplemente, no le alcanzaba la inteligencia para serlo. Así que su adolescencia encallada le había aparcado en una soledad extraña, de conversaciones consigo mismo y de saltos en la cama. Pero a cambio, al menos, había salvado cierta desvegüenza para bailar. (Véase, para entenderlo por completo, ‘Los guardianes de la galaxia‘).

 

 

 

 

 

Enardecido por el maravilloso alegato de Pollan, mi amigo cogió entonces de la pila de la mesilla ‘Sobrebeber‘, el libro de Kingsley Amis que todo aquel a quien le guste empinar el codo debería leer de inmediato, y muchas veces. Amis, merecidamente encuadernado en este caso con la elegancia propia de un dandy inglés, en tapa dura y negra, con el lomo de las hojas en rojo y con su cara insondable plantada en la portada, hace lo que mejor saben hacer los grandes literatos ingleses: conferir distinción a cualquier miseria humana. Shakespeare escribe muy bien, pero, ante todo, reconforta el alma, esto es así. Y con Amis, heredero de ese mirar, sucede igual. Con su humor de muchas capas, una redacción exquisita y un saber enciclopédico adquirido sobre el terreno, te enseña a llevar la alcoholemia con porte de chistera y bastón. Y eso -queridos canallas que cada vez os emborracháis peor-, no tiene precio.

 

 

 

 

Este libro, lógicamente, produjo en nuestro amigo un impacto profundísimo.

 

 

 

 

Porque además, en paralelo estaba leyendo ‘El sentido de un final‘, de Julian Barnes, cuyas páginas maestras reflexionan sobre el principal relato de este mundo: el que de nuestra propia historia nos hacemos nosotros mismos. Véase como prueba este párrafo central, que son todos los párrafos en uno:

 

 

 

 

Aquí, probablemente, fue donde nuestro triste protagonista enloqueció. Su cabeza aspiró a más, e intentó funcionar con la sabiduría amplia y serena de un bibliotecario de película. Su inteligencia de Bob Esponja quiso relacionar, por ejemplo, no ya los contenidos de cuanto estaba leyendo, sino la misma forma, cual Góngora, proponiendo la absurda teoría de que los grandes escritores ingleses recientes, como Barnes, escribían ahora con un estilo más propio de la tradición clásica norteamericana (frases cortas, sintetizadas), al estilo de Mark Twain o del idiota de Hemingway: condensando a sus personajes en un boceto maestro. Mientras que los grandes novelistas de la actual Norteamérica (Phillip Roth, o sobre todo el descomunal Richard Ford) se comportaban como clásicos ingleses e incluso folletineros franceses, desplegando largos párrafos con descripciones íntimas y aparentemente mínimas que acababan por dibujar un gran mural humano a base de goteos, de igual forma que Jackson Pollock parece a primera vista haber cagado pintura, y luego no, resulta que es una fiesta de color.

 

 

 

 

Eso le dijo a su novia, quien de inmediato, y como todas, huyó.

 

 

 

 

En ese momento fue cuando me llamó.

 

 

 

 

Para sortear el bajón de tener que volver a saltar solo en la cama, se había aprovisionado de otra remesa de libros de cocina que pretendía empujarse a toda prisa y sin concierto. En la mesilla vi ‘Delizia, la historia épica de la comida italiana‘, de John Dickie, un ensayo que ‘The Times’ ha sintetizado a partir de una coña de Brillat-Savarin: “Si somos lo que comemos, ¿quién no querría ser italiano?”. Debajo del ensayo de Dickie (cuyo nombre ya de por sí te invita a tararear pa-pa-ra-ba-ra-bá americano), se apilaban en un rimero loco ‘Coquinaria, XI recetas de la cocina pompeyana‘; ‘Viaje por la cocina española‘, de Luis Antonio Vega; ‘No más platos de mamá‘, el recetario nacido de la web del mismo nombre, y varios tebeos de Modesty Blaise, que le habían renovado a mi amigo el espíritu británico y con los que me justificó haber adoptado el dry martini como el perfecto desayuno diario.

 

 

 

“Por Kingsley”-, brindó, tras ponerme en la mano un cóctel matinal, tan límpido como insensato.

 

Y juntos bebimos, sentados en el colchón.

 

 

 

 

 

 


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