Laura al ajillo | Remartini - El vermú eterno - Blogs elcomercio.es

Blogs

remartini

Remartini - El vermú eterno

Laura al ajillo

Iniciamos el primer relato minúsculo de una serie llamada:

 

Cuatro mujeres (y un hombre) a los que casi me comí.

 

 

 

 

Laura tenía los pechos grandes y tiernos como melones dulces de julio, más o menos. Aquellas tetas generosas, casi hospitalarias, contrastaban con su cuerpo menudo, pequeñito en todo lo demás (la cintura, la cabeza, los tobillos), y con un carácter reservado del que su delantera extrovertida parecía querer escapar como un náufrago. Pero aunque esos globos hermosos pelearan por soltarse para dar la vuelta al mundo, Laura era tímida incluso con los amigos. Muchos –por supuesto yo- estábamos locos por abrazarla, meridianamente locos por estrecharla.

 

 

Un día salimos juntos los dos a tomar unas cervezas y bebimos varias. Hablamos de naderías y, ya avanzada la noche y con cierto abotargamiento, nos besamos en su portal, sin más. Ni siquiera amagué con palparle el costado, aunque todos los músculos del brazo se me amontonasen en tal dirección. Las siete semanas siguientes ensayamos un noviazgo que nunca llegó a cuajar, porque seguimos hablando mucho y bebiendo lo justo, sin perder la distancia. Sin embargo, guardo de aquel amor un bonito recuerdo en conserva. La cuidé, acepté sus silencios y respeté las fronteras de sus portentosas almenas. Y por primera vez en mi vida con una mujer, intenté conquistar su intimidad despertándole el apetito.

 

 

Laura comía como un pajarito: poco, picoteando y sin demasiado entusiasmo. Solo se humedecía los labios (despacio) con las gominolas, con las brevas de crema, con los macarrones con chorizo, y con el pollo al ajillo cuando estaba muy dorado de piel. Idolatraba los macarrones que le preparaba su madre, así que yo, ignorante como era de cualquier repostería, me decidí a cocinar un ajillo de alas de pollo que fuese difícil de superar. O que, cuando menos, transportase hasta su boca todo lo que mi amor encerrado pretendía hacer con ella.

 

 

Después de varias tardes merendando brevas y hartándonos de regalices en el cine, tardes que convirtieron nuestros escasos besos y caricias en un emplasto de azúcar, la invité a cenar a mi casa con la esperanza de conducir nuestra relación a una fase más… salada. Preparé el pollo al ajillo de la única forma posible, es decir, muy, muy despacio. En una sartén con abundante aceite sembré una docena de ajos morados troceados. Distribuí en medio de ese berenjenal las piezas de pollo con la piel boca abajo, y las dejé confitar con el fuego al mínimo, que como todo el mundo sabe, es el fuego que se dedica al cariño. Mi ardor por Laura me pedía hacerle algo a la plancha, la verdad, pero sabía que demasiado calor solo serviría para ahuyentarla. Así que me consagré a esos trozos de pollo pequeñitos y sabrosos, de cuya carnicería había desterrado las alusivas pechugas para no confundirla sobre el propósito último de mi menú.

 

 

A mitad de cocción, cuando los ajos ya se habían caramelizado, los rescaté y los arrimé en el borde de un plato amplio. Poco a poco fui alegrando el fuego de la sartén para dorar la carne, pero sin que ese proceso arruinase el caramelo que había enriquecido el aceite y que en esencia definía la receta. El pollo al ajillo, como el sexo tierno, es incompatible con la prisa. Por contra, esos ajillos que habitualmente sirven los restaurantes, apañados a toda leche en una freidora bestia, son el equivalente a un polvo miserable en un puticlub de carretera secundaria.

 

 

A Laura le encantó el plato. Se comió media docena de alas con fruición, mientras yo parloteaba sobre este tipo de chorradas y sobre otras, como por ejemplo la injusticia que arrastra este país al no reconocer el prodigioso talento musical de Carlos Berlanga según se merece. Porque Berlanga, desde Pegamoides hasta su fabulosa carrera en solitario, fue un maestro del pop confitado entre dulces arreglos de violín.

 

 

 

-“¿Alguna vez has estado en un puticlub de carretera?”, me preguntó Laura de repente, mientras apuraba con glotonería una garrilla hasta su mismo cartílago.

 

“Eeh…, no, no, qué va…, era una metáfora, ya sabes. No soy ese tipo de tíos”, zanjé, presa de un nerviosismo tan evidente que arruinó la respuesta desde su mismo arranque.

 

 

Laura paró entonces de masticar y, sin soltar el hueso que con primor sostenía entre dos de sus dedos, me miró bajo una determinación que nunca, ni siquiera en nuestros besuqueos más edulcorados, le había conocido. Entonces, muy despacio, dijo:

 

-“Pues qué pena.

 

Y desde el fondo de su inmenso escote, el mundo entero se rió en ese momento de .

 

 

 


septiembre 2014
MTWTFSS
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
2930