Tatiana Nori | Remartini - El vermú eterno - Blogs elcomercio.es

Blogs

remartini

Remartini - El vermú eterno

Tatiana Nori

Hoy presentamos el segundo relato de la asombrosa serie:

 

Cuatro mujeres (y un hombre) a los que casi me comí.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tatiana conducía con el desparpajo de una furgoneta de reparto. Por el increíble mérito de haber aprobado el COU, su padre le había regalado un viejo BMW algo destartalado, pero todavía rojo, que Tatiana manejaba como si fuera una máquina que necesitase aprender por las malas quién estaba al mando. Cuando cambiaba de segunda a tercera, rugían de dolor todos los condenados de este mundo desde un purgatorio de pistones y de humo, y cualquier viandante en dos kilómetros a la redonda se sentía en peligro aunque caminase bien pegado a la pared. Conduciendo, Tatiana compungía las calles. Pero a ella le daba igual, la suya era la forma adecuada de conducir aunque llorasen de rabia todos los campeones de Fórmula 1. Porque Tatiana era pija, y para las pijas, el mundo es exactamente así: como ellas lo necesitan las pocas veces que lo miran.

 

 

Conocí a Tatiana durante la primera semana del primer curso de una carrera que luego decidí no acabar. Instantáneamente, me enamoré de ella. Era hermosa de arriba abajo, e inalcanzable: el pelo rubio, grueso y alterado; el cuello delicado como un trago de champán; la carpeta siempre colocada sobre dos encantadores melocotones de Calanda todavía sujetos al árbol. La cintura de cojín; el culo supino, perfecto, pétreo, un globo terráqueo moldeado por la disciplina de las clases de gimnasia rítmica…, y las piernas, aquellas malditas piernas que surgían de su minifalda como un pantócrator para separar al mundo en castas. Al lado de aquella diosa de Don Algodón, yo era un poco más que un estropajo.

 

 

Por fortuna, se me daban bien la matemáticas, una ciencia incompatible con la idiosincrasia de Tatiana, quien, como buena pija, solo concebía las sumas. Para las ninfas de papá, las restas y las divisiones pertenecen a otra aritmética, lejana y vulgar. Pero Tatiana, aun nacida para ser satisfecha por cuanto le rodeaba, necesitaba también aprobar primero de álgebra, porque papá se había empeñado en matricularla en ingeniería industrial a fin de continuar una próspera saga burguesa. Nunca le podré agradecer a aquel insensato que, en su empeño por imaginar otra hija, de rebote la depositara ante mí con su fruta fresca, su vello amarillo y sus lazos.

 

 

El primer día que me descubrió en la biblioteca de la facultad tomando notas de dos tochos de cálculo abiertos de par en par, Tatiana me asaltó como si se hubiera topado con un empleado del servicio justo cuando le empezaba a apetecer la merienda:

 

-“¡Hola, ¿tú estás en mi clase, no? Sí, sí que lo estás, me suena tu cara, vas con ese tío tan raro de los vaqueros rotos. Vaya pinta lleva. ¿Me podrías ayudar con las matemáticas, porfa? Soy un absoluto desastre y estoy desesperada, voy a pencar seguro, jajaja”,- me dijo, riendo, apretando la carpeta y bamboleando la cintura.

 

 

Con solo olerla, tuve que cruzar las piernas bajo la mesa.

 

 

Desde ese momento me convertí en el profesor particular más feliz de España. Quedábamos a las cinco, yo le enseñaba derivadas y logaritmos, y la contemplaba en su arrebatadora incapacidad. Al acabar, ella me concedía el detalle de llevarme a casa en su BMW.  Qué dulce suplicio aquellos viajes. El miedo me impedía mirar al frente, así que me agarraba con la mano derecha a la puerta y con la izquierda al cinturón, sin dejar de sonreír. Con disimulo bajaba la vista e imaginaba que los bucles de su pelo dibujaban la sucesión de Fibonacci, mientras ella embocaba calles como una terrorista a la fuga, hablando sin parar de sus naderías, atravesando su planeta de crema, pateando su primera herencia familiar. Poco a poco, sin embargo, el miedo se disipaba y su voz se me iba apagando. Dejaba de escucharla, embelesado por la fortaleza con la que sus piernas pisoteaban los pedales, observando cómo su brazo de bailarina maltrataba la palanca de cambios y los melocotones de Calanda se le agitaban asustados en el árbol del edén. En cuanto entraba por la puerta de casa, me iba directo al baño. Allí le rezaba a Dios porque algún día Tatiana se confundiera y, al ir a pasar de segunda a tercera, echara la mano un poco más al lado.

 

 

Un día me armé de valor y le propuse invitarla a cenar. Le conté que cocinaba, que podíamos preparar el examen final en mi piso alquilado, y comer después algo que le gustara especialmente. Yo lo prepararía.

 

-“¡Vale, me chifla el sushi, me vuelve loca!”-, contestó de inmediato.

 

Bajé del coche y me fui directo a una librería. Compré un recetario de comida oriental, que leí a toda leche camino de un supermercado gourmet, donde me dejé la mitad de la mensualidad que me mandaban mis padres en arroz, pescado, algas cuyo nombre me sonaba a chino y en media docena de condimentos igualmente desconocidos y sin instrucciones de uso. Lo más que me había aproximado hasta ese momento a la gastronomía asiática era el teléfono para hacer los pedidos domingueros al restaurante La Gran Muralla, “arroz con gambas, tallarines con ternera y dos rollitos”. Pero me puse manos a la obra. ¿Quién dijo miedo?, banzai.

 

 

El sushi solo pudo inventarse en Japón. Requiere maña y una inquebrantable paz con la vida. Es, por tanto, imposible elaborarlo cuando te atenazan lo nervios justo debajo del estómago. Además, aunque parezca simple, conviene probarlo antes de servir. Todo eso aprendí ese día.

 

 

La cara de Tatiana cuando puse sobre la mesa las dos bandejas con mi presunta comida japonesa fue digna del mejor animé: ojos de Candy Candy aterrorizada.

 

-“He decidido hacerlo redondo. Me ha parecido más original”-, le expliqué, en una de las mentiras más apoteósicas que he improvisado nunca.

 

 

Atrapada en su buena educación, Tatiana cogió con mala gana una de aquellas albóndigas de arroz emplastado entre algas y salmón, y la dejó caer en su boca con gesto de condena. La tragó sin masticar.

 

-“También les he puesto los condimentos adentro, para que le den más sabor”-, añadí, queriendo animarla.

 

Pobre Tatiana. Su cuerpo se convulsionó de tal forma que hasta los melocotones parecieron madurarle de golpe a través del polo Lacoste. Vomitó allí mismo, en el baño, en la escalera, en el asiento del copiloto del BMW, y todavía vomitaba mientras yo le explicaba al médico de urgencias que le había sentado mal un plato oriental.

 

 

-“¿Qué llevaba el sushi?”-, me preguntó el doctor en voz alta para superar el volumen de las arcadas de Tatiana, a la que sujetaban dos enfermeros para que atinara a vaciar mi cena en un barreño de metal. Sus piernas temblaban bajo la minifalda. No pude retirar la mirada cuando, en uno de los espasmódicos desagües, empezó a asomarle una nalga.

 

-“Eeeeh…, pues el sushi llevaba arroz, salmón, algas…, un chorro de soja, y una pasta verde que me dijo el de la tienda que era muy característica de Japón”.

 

 

Tatiana no se presentó a aquel examen de álgebra. Y aunque la esperé durante semanas en la biblioteca, no volvió a llamarme jamás.

 

 

Creo que cambió el BMW por un Volskwagen Golf.

 

 

 

 


marzo 2015
MTWTFSS
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031