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Jose Manuel Balbuena

RETORCIDA REALIDAD

La Semana Negra.

Reconozco que hace años que dejó de gustarme el evento. Casi a la mitad de sus más o menos veintitantos años de existencia. Fue cuando se convirtió en un tótem, en algo que tenía que ser aceptado sí o sí por una ciudad que, según sus dirigentes, debería de estar agradecida porque era todo un lujo que su organización estuviese aquí. Sin embargo, a mí me parece que la estética se ha vuelto cada vez más kitsch. Los temas que nos proponen año tras año son recurrentes y fuera de tono (la novela negra se mezcla con elefantes de un circo, o reconstrucciones en cartón-piedra de la pirámide de Keops, o magos que sacan conejos de la chistera). Las ideas que deberían de alguna forma renovarla no existen, su organización es ya casi funcionarial y repite tópicos sobados hasta la saciedad (multicultural, fiesta y cultura, blablablá). Cuando una vez se me ocurrió denunciar esto en una columna, su director me llamó directamente aldeano. Claro, tengan en cuenta que la pátina que lleva el certamen es precisamente ésa: yo soy la cultura. Si te atreves a criticarlo porque consideras que tiene más de bocadillo grasiento de calamares que de otra cosa, ya eres un infame. Ni se te ocurra. Es, como decía, algo que tiene tal grado de impunidad que, haga lo que haga, diga lo que diga, disfruta de bula para casi todo.

Menos para instalarse. Como saben este año -por mor de una sentencia judicial- tiene que trasladarse a Poniente y, luego, según parece, se llevará hasta el campus universitario (lugar más adecuado, sin duda). Y es que, lo malo de la Semana Negra no es le ruido que produce, sino todo lo que trae con ella. Se levantan auténticos campamentos nómadas a su alrededor que, ni reúnen las condiciones mínimas higiénico-sanitarias, ni se pueden permitir de ninguna forma por la propia seguridad de las personas que durante diez días allí conviven. Es más, si no fuese que, como su máximo dirigente señaló, es un lugar «fuera de las leyes tradicionales» supongo que las autoridades actuarían con contundencia. Y buena prueba de lo que digo es que, cuando se señala una ubicación, los vecinos de la zona se ponen en guardia. Casi de uñas. Saben perfectamente lo que se les viene encima. Poniente ya se ha asegurado de que la organización de este año será provisional y, ya lo verán, Viesques, por proximidad a las futuras ediciones, pedirá garantías en cuanto a su comportamiento con el barrio. Pues bien, ya es hora de que se vayan tomando medidas para hacer de la Semana Negra un evento más digno no sólo en las formas, sino también en el fondo.

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Por JOSE MANUEL BALBUENA

Sobre el autor

Economista y empresario. Colaborador de EL COMERCIO desde hace ya muchos años. Vamos, un currante en toda regla


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