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Jose Manuel Balbuena

RETORCIDA REALIDAD

Desmontando a Podemos.

Veo con sorpresa los feroces ataques que recibe Podemos. En concreto, su líder, Pablo Iglesias, ha pasado a ser el pimpampum de todas las tertulias. El tertuliano al cual se le dispara a quemarropa con balas de cualquier calibre. Y, sinceramente, me parece que le hacen flaco favor quienes quieren atacar al fenómeno Podemos actuando de esta manera. Más bien, refuerzan simpatías hacia el grupo por lo desmedido y exagerado de sus criticas. Perdiendo incluso, como he visto en alguna ocasión, las formas frente a un Pablo Iglesias con una sangre fría impresionante. Prácticamente, recibe puñaladas con la estolidez de Julio César. Sin embargo, como digo, los ataques a veces son tan personales y cruentos que producen reparo a quien los ve. El otro día, sin ir más lejos, durante una charla un señor le increpó a gritos. El motivo era la presunta (y polémica) ayuda al partido por parte del Gobierno de Venezuela. Lo llamó reiteradamente asesino mientras se lo llevaban los miembros de seguridad. Como eso, algunos compañeros televisivos de Pablo Iglesias -de relevantes medios de comunicación, bien es cierto- consideran ahora a Podemos el enemigo público número uno. Difunden documentos con el sueldo de Iglesias y demás cuitas personales sin venir a cuento. En fin, al fenómeno Podemos lo debemos combatir de muchas formas. Quizá con el insulto y el ataque frontal solamente se consiga una cosa: mayor grado de aceptación hacia una demagogia que es fácil de vender. Estamos viendo que creció basándose en un hecho indudable: el gran descontento que existe en nuestra sociedad hacia la política tradicional. Mientras eso no se quiere ver y cambie, difícilmente el discurso de Podemos no será aceptado por una buena parte de la población.

Y, precisamente, ahí está el quid de la cuestión. A Podemos se le puede desmontar a base de echarle basura o cambiando las formas de los actuales partidos. Su líder no para de referirse a ellos como «la casta», transmitiendo la idea de una camarilla de privilegiados completamente ajenos al ciudadano. Por encima, diría yo. E insisto, la única forma de no darle la razón es cambiando las estructuras de la política tradicional. Ya no es concebible, por ejemplo, que para elegir un cargo relevante en un partido –presidente o secretario general- no se haga a través de los propios militantes. Eso de que una cúpula nombre al líder en un congreso completamente amañado, sinceramente, no es aceptado por la ciudadanía. Digo más, el propio sistema de listas electorales cerradas algún día tendrá que ser revisado. El que se incruste en las mismas, en función a su docilidad, a políticos cuya única función es apretar un botón tiene, a mi juicio, los días contados. Nadie  puede entender a estas alturas que los partidos repartan escaños sin ton ni son a personas que no van a trabajar. Recordemos que Luis Bárcenas era senador por Cantabria y en su vida la había pisado. La política tradicional tiene que cambiar si no quiere ser arrasada por el populismo. Los próximos comicios nos dirán hasta que punto los políticos han entendido el mensaje lanzado en las Europeas. De momento, creo que siguen igual.

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Por JOSE MANUEL BALBUENA

Sobre el autor

Economista y empresario. Colaborador de EL COMERCIO desde hace ya muchos años. Vamos, un currante en toda regla


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