El debate sobre la libertad de horarios comerciales es viejo. Tanto, que se pierde en la noche de los tiempos. Siempre hemos oído, por parte de las asociaciones del pequeño comercio, que esta medida representaba «la puntilla al sector». Sin embargo, al toro del comercio tradicional le han clavado la espada tantas veces que casi tiene más vidas que un gato. Cuando comenzaron a implantarse las grandes superficies (Alcampo, Pryca, etcétera) se dijo que sería su fin, pero ahí sigue. Cuando los centros comerciales (Parque Principado, Los Prados, Parque Astur, etcétera) empezaron a ser habituales en nuestro paraíso natural lo mismo, pero ahí sigue. Cuando las franquicias (Zara, Mango, H&M, etcétera) se implantaron una tras otra en el centro de las ciudades exactamente igual, pero ahí sigue. Sobrevive, bien es cierto, con muchas dificultades por la caída abrumadora del consumo como consecuencia lógica de la crisis. Pero, repito, ahí sigue. Ahora, el Gobierno de Mariano Rajoy quiere implantar la libertad de horarios en las Zonas de Gran Afluencia Turística. Una clasificación que ha bajado de rango –para ciudades de más de 100.000 habitantes y 600.000 pernoctaciones anuales- por lo que incluye a nuestras dos grandes urbes, a la postre, Gijón y Oviedo. Lejos de darle la bienvenida –cada cambio en nuestro paraíso natural es recibido con uñas- las asociaciones del sector se han apresurado a criticarla. Y eso, que todavía queda su desarrollo por parte de ayuntamientos y el Principado. Este último, no tengo ninguna duda, le pondrá todas las trabas necesarias para que no se ponga en marcha; o en su caso, sea una versión completamente light de la misma. Al fin y al cabo, con la ideología hemos topado. Miren ustedes, la libertad de horarios, entiendo, es la máxima expresión de la capacidad de un comerciante para decidir sobre su negocio. Abrir y cerrar cuando quiera, en función de cuando considere que sea mejor para sus clientes, no puede ser más beneficioso si se sabe interpretar. El año pasado a uno de los pocos cruceros que llegaron a El Musel (Gijón), se le ocurrió atracar en plena Semana Santa. La queja de los visitantes ocasionales –apenas unas horas de paseo por la ciudad- fue unánime: no había donde comprar. Pienso que quizá algún comerciante podría haber estado esperándolos, ahora bien, la Ley le ponía trabas. Se esgrime que esta libertad de horarios beneficia a las grandes superficies que tienen más recursos para abrir a discreción. Pregunto, ¿es qué todavía alguien no se ha dado cuenta de que la especialización es la única manera de competir? ¿Es que acaso alguien a estas alturas cree que puede enfrentar a los gigantes de la distribución con sus mismas armas? Porque, fíjense, hay algo peor que las grandes superficies a la hora de llevar a cabo una libertad de horarios comerciales: internet. ¿Acaso también vamos a pedir que se prohíba el comercio electrónico las 24 horas del día durante todo el año? Si puedo pedir a través de una web a la hora que me dé la gana y que me lo traigan a casa, ¿no dejaré de comprar en el comercio de mi calle que está cerrado cuando vengo del trabajo?
En fin, siempre digo que en nuestro paraíso natural pensamos que el tiempo no pasa. La tierra, según la versión asturiana, no gira sobre su eje porque creemos que podemos pararla. Los comercios tradicionales, dicen, van a dar la batalla a esta nueva Ley del Gobierno. En Madrid, la comunidad con libertad total de horarios comerciales, aseguran que desde que han puesto en marcha la medida se han creado 5.000 puestos de trabajo. Yo no me lo acabo de creer, pero….