Así lo ha dicho Pablo Iglesias: Podemos pretende afrontar un proceso de «normalización» como partido. Gráficamente, «pasar de ser un ejército de partisanos a uno regular» en palabras del propio Iglesias. Su número dos, Iñigo Errejón, apuntaló la idea diciendo que el partido pasará a ser diferente: «menos sexy y más predecible». Sin duda, todo un viaje que no sabemos muy bien cómo acabará. Ya lo ha manifestado el propio secretario general de forma muy clara: «En cuatro años ganamos o nos podemos dar una hostia de proporciones bíblicas». Pues bien, entiendo que este giro copernicano sólo pretende una cosa: ganarse al electorado de centro-izquierda. Algo que con la suma de IU al proyecto consideran que han perdido. El problema está en que esto puede ser mal entendido en muchos sectores del partido. Podemos nació al calor del 15-M: un movimiento contestatario con la política tradicional y que pretendía acabar con ella. Lo que dicen ahora los profesores de La Complutense a sus bases es que esta idea primigenia se acabó. Que con la actual estructura y tras el 26-J han tocado techo. Que de seguir por ese camino acabarán convirtiéndose en un partido de oposición eterno, cuando no en una fuerza menguante que nunca aspira a gobernar. Algo que siempre habían achacado a IU: el «pitufo gruñón» (Iglesias dixit) sin ambición alguna por La Moncloa. La cúpula de Podemos piensa que este cambio es necesario, ya que, en su forma actual, da miedo a ciertos sectores del electorado. Argumento principal que han esgrimido para explicar el millón de votos perdido en las elecciones. Consideran que tiene ganar peso por el centro, aunque sea a base de perderlo por la izquierda. No hace falta ser un adivino para ver que vienen tiempos convulsos en Podemos. Tratar de ser una fuerza tradicional –con todo lo que ello conlleva: órganos de dirección fuertes y ejecutivos, menos asamblearismo, menos referéndum, etcétera- le puede sentar como un tiro. Un proceso de transformación interna muy doloroso y que no sabemos a dónde llevará: a tener una estructura más férrea y disciplinada, o a romperse en mil pedazos. La tendencia natural de Podemos hacia la división es innegable. De hecho, como ya sucedió en la corta legislatura de diciembre, fue poner el pie en el Congreso y varios de sus grupos querían independizarse. Por tanto, los riesgos latentes de llevar a cabo esta estrategia son más que evidentes. O dicho de otra forma: lo que se puede ganar por un lado (el votante más moderado), igual se acaba perdiendo por el otro (el más reaccionario).