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Jose Manuel Balbuena

RETORCIDA REALIDAD

No vengas en tren.

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Tiene gracia (puñetera) la noticia que pudieron leer hace unos días en estas mismas páginas. Feve se gastó 374.812,96 euros en transportar por carretera a sus viajeros durante 2016. Debido al desastre que es el ferrocarril en nuestro paraíso natural, la compañía ha tenido que utilizar autobuses para intentar dar el servicio contratado. En 2017, por motivo de la sangría económica que representa, rebajó el desembolso a 97.178,69 euros. Con lo cual, la política hacia sus escasos viajeros todavía es peor: si a alguien le cancelan de forma repentina el tren que debería coger, que se la apañe y punto. ¡Sálvese quien pueda! El caso es que con el ancho métrico asturiano se están sobrepasando todas las líneas rojas imaginables. Prácticamente, no hay semana (casi día) sin que haya algún incidente. Cuando no descarrila un convoy porque se atravesaron unas vacas en mitad de las vías (caso de la línea Trubia-Grado en enero), es por algún argayo (el último sucedió en Arriondas en marzo). La falta de seguridad es tal que el ministro de Fomento, Iñigo de la Serna, cuando presentó su plan para la modernización de Cercanías, habló de actuaciones urgentes en veinte terraplenes, catorce túneles, siete trincheras «de alto riesgo» y puentes con daños estructurales. Vamos, que la infraestructura de la vía estrecha en Asturias se cae a pedazos. Como consecuencia, prometió una inversión hasta 2025 superior a los 580 millones de euros. Sin embargo, hace falta algo más que dinero. Me temo que eso no sea condición suficiente para olvidar lo que estamos padeciendo. En una década las Cercanías de Renfe perdieron el 40% de su pasaje y las de Feve un 52%. Es decir, masivamente los asturianos han ido abandonando el tren como medio de transporte para sus desplazamientos cortos. Todo ello, claro, motivado por el pésimo servicio y la falta de confianza. El año pasado, sin ir más lejos, casi 120.000 viajeros se vieron afectados por algún tipo de sobresalto. Desde que se suspendía una línea durante semanas por falta de piezas para reparar una avería, a que no había maquinistas puesto que la plantilla era muy escasa. Ojo, esto para un medio que nos aseguran que va a ser el motor de la futura área central asturiana. Pregunto, con este panorama, ¿de verdad alguien se cree que vamos a cambiar el coche -o en su caso el autobús- como sistema más utilizado para nuestra movilidad? Si los retrasos y cancelaciones, cuando no los accidentes, es el pan nuestro de cada día, ¿no tenemos acaso la imagen del ferrocarril como transporte residual, o sea, lo tomamos cuando no queda más remedio? En los setenta, se hizo famoso un anuncio de Renfe donde un niño decía, «Papá, ven en tren». En nuestro caso, obviamente, ni se le ocurriría.

@balbuenajm

Por JOSE MANUEL BALBUENA

Sobre el autor

Economista y empresario. Colaborador de EL COMERCIO desde hace ya muchos años. Vamos, un currante en toda regla


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