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Jose Manuel Balbuena

RETORCIDA REALIDAD

Queremos saber.

carbon-san-lorenzo-k2fb-u601693648600odb-624x385el-comercioPensábamos que las manchas de carbón que regularmente asolan nuestra playa procedían del «Castillo de Salas». Ya saben, el barco que se hundió en la bahía hace 32 años con casi 100.000 toneladas en su interior. Sin embargo, un estudio del Instituto Nacional de Carbón (INCAR) habla de más cosas. En concreto, las vincula con el movimiento granelero de El Musel, así como la actividad siderúrgica, térmica y cementera de Aboño. Una especie de cóctel industrial que tiñe de negro regularmente San Lorenzo. Hacia mediados de noviembre hubo una reunión extraordinaria del Observatorio de la Playa. En la misma, se dijo que no se podían hacer análisis concluyentes sobre la procedencia del carbón. Más que nada, porque la muestra con la que se quería comparar -una pastilla petrográfica supuestamente procedente del pecio hundido- no era tal. Su origen estaba en la misma arena. Por tanto, no hay muestras con las que comparar, aunque resulte sorprendente.

A la vista de los hechos, más por tradición que de forma científica, se dijo que el origen del mineral parecía estar en el buque. Asegurando, además, que es «material inerte», o sea, que es muy feo de ver, pero en absoluto contamina. El estudio de INCAR va más allá. No sólo mira los restos sobre la arena cercana a la iglesia de San Pedro, sino que también los busca en las ventanas y edificios de la zona oeste y Cimadevilla. De ahí, sostiene que los sedimentos son de claro origen industrial. Para el organismo adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), lo que estamos padeciendo durante todos estos años va más allá del «Castillo de Salas». Tiene vinculación directa con la actividad fabril. Algo, por cierto, que la leyenda urbana que circula por Gijón nos lo había corroborado. Siempre hemos escuchado de la sabiduría callejera -sin ningún rigor, claro- que las manchas no sólo venían del barco. Ahora, por lo visto, los científicos del INCAR le da la razón.

En todo caso, parece que este informe marca un antes y un después. Lo lógico sería que nuestro Ayuntamiento -tal y como señaló ayer la alcaldesa- trate de averiguar las causas de tanta negrura cuando llega el invierno. Más que nada, para que la moral colectiva sobre el estado de nuestro símbolo no se hunda aún más. La investigación para nada dice que San Lorenzo esté contaminada. Es más, no alude a que este tipo de polución sea dañina. Simplemente, recoge que existen materiales que no surgen de forma natural y corresponden a la acción de humana. Lo suyo, en lógica pura, sería saber exactamente de dónde vienen. Así, por lo menos, lograríamos tener claro las medidas necesarias para ir reduciendo su aparición. Encomendarse sólo a la historia negra (nunca mejor dicho) de un naufragio, ya no vale. Queremos saber. Necesitamos saber de dónde procede la arena azabache de San Lorenzo.

@balbuenajm

Por JOSE MANUEL BALBUENA

Sobre el autor

Economista y empresario. Colaborador de EL COMERCIO desde hace ya muchos años. Vamos, un currante en toda regla


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