¿Qué pensaríamos si la Plaza Mayor estuviese llena de tiendas de campaña? ¿Y si en «Las Letronas» alguien se pusiese a grabar su nombre? ¿Y si se lavase la ropa en las playas de San Lorenzo, Poniente o El Arbeyal? Pues bien, estas son algunas de las situaciones que ha provocado el turismo masivo este verano. En el casco histórico de Santiago de Compostela, las iglesias de Mallorca o los arenales de Alicante. Comportamientos de una falta de civismo total y que han hecho reaccionar a los ayuntamientos. En concreto, endureciendo las sanciones -hasta 750 euros puedes pagar en Denia por hacer ruido- e imponiendo códigos de conducta a los visitantes. Es decir, informando de las normas de convivencia básicas que cualquier turista (con dos dedos de frente, diría yo) debe cumplir. Son, por tanto, las formas lo que molesta y preocupa a los residentes locales. Ver como su ciudad o pueblo se convierte en un lugar de desbarre colectivo, por culpa de unos pocos que entienden su visita como una forma de desmadre. Sin respetar absolutamente nada. Ahora bien, en nuestro paraíso natural lo vemos de otra forma. Lo primero que se nos vino a la cabeza para atajar el problema fue imponer un gravamen. Ya saben, la tasa turística que solo aplican Cataluña y Baleares. Por cierto, algo muy asturiano: si un sector crece, achichárralo a impuestos. Eso sí, sin tener muy claro si esos fondos servirán para la conservación y mejora de las infraestructuras municipales (como dicen) o cualquier otra cosa. Recordemos que en España los impuestos no son finalistas. Esto es, no se guarda el dinero en una caja para aplicarlo a un objetivo determinado. Tampoco sin tener claro si valdrá más el collar que el perro. O sea, si su aplicación costará más que la recaudación. En Gijón, sin duda, tendremos que deconstruir el turismo y abrir el debate. Sinceramente, yo no lo veo.
@balbuenajm