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Jose Manuel Balbuena

RETORCIDA REALIDAD

Nuevas tecnologías, peores servicios.

A mí la reacción de la Comisión Europea a la huelga de taxistas no me ha gustado. Desde Europa les vinieron a decir que no iba a servir para nada, además de recomendarles que se adaptasen a las nuevas tecnologías. Todo ello a cuenta de la protesta por aplicaciones gratuitas como Uber que, literalmente, convierten el coche de cualquier particular en un auténtico taxi. El funcionamiento es sencillo: descargas el programa en tu móvil y esperas a que contacten contigo para realizar el servicio. Eso sí, dejando un 20% de comisión a la empresa norteamericana que facilita el sistema. Los requisitos para ser taxista de nuevo cuño son fáciles: tener un coche, carné de conducir y un seguro de responsabilidad civil. Ni siquiera necesitas llevar efectivo porque el pago se realiza a través de internet. Te avisan adónde tienes que ir y facturan ellos mismos la carrera. En definitiva, a mí el método me parece cuando menos perverso. Imagen a un conductor que acaba de sacar el permiso, ¿está en condiciones de transportar a alguien con seguridad? Con la cantidad de parados que hay en un nuestro país, ¿no veríamos acaso a miles de personas poniendo a disposición su coche para sacar un dinero? La empresa Uber asegura que desde el sector del taxi sólo existe resistencia al inmovilismo, y ponen como ejemplo otras ciudades donde el sistema funciona. Sin embargo, la huelga que ayer se produjo fue a nivel europeo. 12.000 taxistas en Londres, por ejemplo, ocuparon el centro de la ciudad denunciando el intrusismo. Para ser taxista en la ciudad inglesa se necesita pasar un duro examen que implica conocer las calles al dedillo. Yo pregunto, ¿ofrece las mismas garantías de buen servicio un particular que ni siquiera conoce el callejero? En España los requisitos para acceder a una licencia de taxi empiezan por tener un carné de conducir tipo BTP, ¿puede un particular transportar pasajeros sin ni siquiera tenerlo? Por no hablar del tema fiscal: el método que practica Uber es completamente opaco. Nadie paga impuestos. Lo ganado pasa a los conductores sin que Hacienda pueda controlarlo. En fin, yo creo que desde Bruselas se confunden. Una cosa es que, ciertamente, la tecnología derriba monopolios considerados antes inamovibles y, otra, sin duda, que se favorezca la falta de profesionalidad. Por esa regla de tres, todos podríamos ser médicos sólo con consultar en internet los síntomas de una enfermedad; o arquitectos al hacernos con un programa que diseña los planos de un edificio. Pienso que no se debe favorecer en absoluto la bajada de calidad al cliente, sólo por fomentar la competencia. Es un error.

En el mundo de las aplicaciones para móviles existen otras que favorecen lo que se denomina «economía colaborativa». Es decir, que varias personas puedan compartir coche de cara a rebajar gastos. Nada que objetar. Las Apps que llevan esta forma no tienen, en absoluto, ánimo de lucro. Te ponen de acuerdo para compartir viaje de forma más económica. Ahora bien, lo que pretende Uber –y aplicaciones similares- no es precisamente eso; sino más bien entrar en el sector cambiando las reglas de juego.

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Por JOSE MANUEL BALBUENA

Sobre el autor

Economista y empresario. Colaborador de EL COMERCIO desde hace ya muchos años. Vamos, un currante en toda regla


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