A mí Alberto Garzón, el diputado y candidato de IU, siempre me pareció un clon de Pablo Iglesias. Sus gestos, maneras y el trato hacia Podemos ha sido extraordinariamente amable. ¿Han escuchado de Garzón alguna crítica sobre Iglesias y los suyos? Yo tampoco. Por eso, la presunta candidatura electoral conjunta entre ambos no debería sorprender a nadie. Al fin y al cabo, era el deseo ferviente de Garzón acabar a su lado. Incluso el 20-D ya intentó hacer una copia electoral de Podemos -¿no eran acaso más valiosas las siglas de IU que lo de Unidad Popular?- y salió peor que mal. Sin embargo, al contrario no fue así. Pablo Iglesias nunca ahorró críticas hacia la coalición calificándolos incluso de «pitufo gruñón». El deseo del ambicioso Pablo era fagocitarlos, borrarlos del mapa. Los tildó de anticuados, obsoletos y retrógrados. De formar parte de la vieja política. De querer ser eternamente un partido minoritario y no tomar responsabilidades de gobierno. En cambio, ahora, su discurso se vuelve de repente dulce y suave. Podemos ha abierto un proceso de pacto, porque, entre otras cosas, sabe que en las encuestas le va mal. La única manera de dar el «sorpasso» al PSOE –objetivo prioritario para el 26-J- es incorporar los votos de IU. Y, de momento, lo que ha conseguido es dividirla. Ya cada corriente interna tira para un lado. La de Gaspar Llamazares (Izquierda Abierta), por ejemplo, se ha manifestado totalmente en contra. No ve por ningún sitio el beneficio de la unión, toda vez que considera que IU se va a recuperar. El Coordinador federal, Cayo Lara, tampoco lo tiene claro. En resumen, la maniobra de Garzón ha conseguido inocular en su formación el virus más temido por la izquierda: la mitosis política. Contaba el escritor Fernando Sánchez Dragó al respecto la siguiente anécdota. Militante comunista en su juventud, fue tal la división que vivió que se llegaban a firmar los comunicados como: Partido Comunista (secciones VI y VII). A este paso IU acabará de la misma manera: con una fragmentación interna en toda regla. Personalmente, pienso que el camino iniciado es de no retorno. Nada va a impedir que se presente con Podemos a las elecciones. Todo está (o estaba) ya planificado para este fin, pregunta chorra a la militancia incluida. A partir de ahí, se abre un proceso incierto que no sé sabe muy bien a dónde llegará. Probablemente, a la disolución de la coalición dentro de Podemos como el azúcar en el café.