«Antes quien era dueño de un local tenía algo, ahora no». Esta lapidaria frase me la dijo un propietario, tras ver que para su pequeño bajo comercial era incapaz de encontrar arrendatario. Después muchos años en alquiler quedó vacío por jubilación, no mostrando nadie interés en continuar (o quizá cambiar) la actividad. Sin duda, la misma historia de muchos otros locales en nuestra ciudad. Sobre todo, aquellos que no se encuentran en zonas premium, es decir, allí donde las grandes marcas pagan cantidades exorbitantes. Sin embargo, en los barrios es otra cosa. Solo hace falta pasear y ver la cantidad de ellos que se encuentran vacíos. A la mencionada falta de relevo generacional, se une también el signo de los nuevos tiempos: la digitalización. Esto es, cada vez más se impone más la compra on line y deja de interesar el pequeño comercio de proximidad. Por eso, no es de extrañar, como pudieron leer en estas mismas páginas, que el número de solicitudes para transformarlos en viviendas se multiplicase por cuatro. En concreto, en 2023 eran 15 y el año pasado 95. Desde luego, es una salida -como en su día fue la reconversión para trasteros- a la falta de demanda. Exactamente igual que las oficinas, donde el teletrabajo y las tendencias actuales al nomadismo han hecho que estén bajo mínimos. Bien haría el Ayuntamiento, ante la nueva normativa que pretende regular este crecimiento, en revisarla a conciencia. Más que nada, para ofrecer soluciones a la grave crisis de vivienda, sin dejar de dar vida a nuestras calles.
Sígueme en X
@balbuenajm