Hace tiempo que en los barómetros del CIS la clase política se consolida como la tercera de las preocupaciones de la ciudadanía. Y las valoraciones de los líderes políticos raramente superan el aprobado, ni siquiera entre sus propios correligionarios, incrementándose exponencialmente esta desafección a medida que la crisis económica nos ha ido estallando en la cara con toda su crudeza. Lógico, direis, en un país en el que acostumbramos a echar la culpa de nuestros males a los demás, resulta imposible no pasar factura en este trance a aquellos que toman las decisiones. Quizás no tanto.
Existen abundantes pruebas de un alto grado de apoyo a los principios de la democracia en nuestro país pero no es tan evidente el soporte ciudadano hacia las instituciones o sus representantes. ¿Qué está pasando entonces? Parece que hay algo más que una simple aversión de la ciudadanía hacia los agentes políticos tradicionales, y es por eso que surgen movimientos sociales que tienen por objeto crear canales alternativos de expresión de demandas cercanos al discurso de la individualización y la modernidad reflexiva de Ulrich Beck. Estaríamos hablando de otras formas de entender la política abierta a nuevos actores individuales y colectivos que reclaman una mayor participación y representatividad en el nuevo escenario institucional.
Los partidos políticos clásicos son máquinas entrenadas para ganar votos (si es posible también elecciones) y este objetivo se encuentra por encima de cualquier ideario. Por eso los expertos en comunicación política suelen mencionar varios problemas, muchos de ellos pecados de soberbia, que afectan casi sin exclusión a los padres de la patria. A saber, la clase política está instalada en una realidad paralela y ha incurrido en una inversión perversa de los roles propios de su mandato, colocando al ciudadano al servicio de sus intereses; mantiene un permanente estado de bronca política en sus escenificaciones parlamentarias que con frecuencia oculta carencias ideológicas y falta de soluciones; demuestra falta de interés y escasa empatía con la ciudadanía, a la que anestesia con sus mensajes estereotipados desprovistos de explicaciones y reconocimiento de culpa; pero sobre todo, no escucha.
Y permitidme añadir dos más que a mí personalmente me resultan irritantes: la exhibición insistente de sus conflictos políticos internos (o de la elección por aclamación del candidato de turno, si los vientos soplan favorables) y la facilidad con que crean conflictos artificiales, habitualmente maniobras evasivas pero que acaban por abrir auténticas simas en la sociedad. Ya que hemos descendido hasta la arena del rifirrafe político, me gustaría terminar con una anécdota futbolística, aún más terrenal, si cabe. Cuentan que hace años, siendo Alfredo Di Stefano entrenador del Valencia, le dijo a uno de sus porteros, por lo visto no muy diestro en su profesión “no te pido que atajes las que van dentro, pero por lo menos no te metas las que van fuera”. Pues eso.