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Angel Alonso

Sociedad sin Red

Todos a limpiar al monte en el país de la desconfianza social

Mariano Rajoy ha decidido prorrogar el Programa de Recualificación Profesional, más conocido como plan Prepara durante seis meses más. Una buena noticia para quienes tienen en ésta su única fuente de ingresos. Lo que no sabremos nunca es si este gesto de benevolencia para con los desempleados más necesitados ha sido fruto de una iniciativa propia o como respuesta a la presión popular, mediática y política de los últimos días. Lo que sí conoceremos en breve son las nuevas condiciones que necesitarán reunir los nuevos perceptores,  pero en unos días, con suspense, como a  este gobierno le gusta.

Foto: www.teinteresa.com

Reformar el plan Prepara parece necesario. Su objetivo no era otro que cubrir las necesidades básicas de los desempleados que se habían quedado sin ingresos de ningún tipo mientras se mejoraba su empleabilidad. Pero el plan no ha cubierto las expectativas y los porcentajes de inserción se han reducido, dicen, desde  un 20% hasta un exiguo 6% en los últimos meses. Y creo que esta última cifra es incluso excesiva. Pero es que en España seguimos creyendo en la taumaturgia de las leyes, los planes y las subvenciones, pues el plan Prepara no es ni una prestación ni un subsidio sino una subvención. Entrevistarte con una empleada/o de la Agencia Local de Empleo una vez al mes para explicarle tus métodos de búsqueda de empleo y participar en un itinerario individualizado y personalizado de inserción, de dudosa utilidad práctica, no puede ciertamente crear empleo. Y no porque estos funcionarios/as no pongan todo su empeño en la tarea, sino porque disponen de pocos más medios que desearte suerte y confiar en que no acudas a la próxima entrevista porque hayas encontrado trabajo.

Foto: www.empleogijon.es

Que un 6% encontrara empleo en estas condiciones es ciertamente un milagro. O más bien es posible que esos afortunados hubieran encontrado el trabajo sin plan Prepara de por medio. Así que coincido en que urge reformar algo en lo que se invierte dinero público, tan escaso en estos tiempos,  y que ha demostrado tan parcos resultados. Por eso  la reforma del Prepara deberá abordar la mejora de la eficiencia y de la puesta a disposición de las Agencias Locales de Empleo de más medios para alcanzar sus objetivos. Pero mucho me temo, ya lo veremos, que la solución elegida irá por la vía del endurecimiento de las condiciones para ser perceptor de la misma. No hay más que ver las primeras reacciones que la renovación del Plan ha suscitado en personas y organizaciones de ideología cercana a la del gobierno. Sin ir más lejos, aquí en Asturias, el presidente de FADE apuesta por poner a los beneficiarios a limpiar matojos en los montes, como si esto mejorara su empleabilidad, y no olvidemos que ésta y no otra es la finalidad del plan. La ocurrencia, además de ser oportunista, cuando medio país arde pasto de las llamas, no deja de ser injusta, puesto que se criminaliza a los perceptores del Prepara  mientras se olvida de quien tiene que velar por el cumplimiento de los objetivos del plan, la administración central que es la que paga, y la local, que supervisa.

Conviene recordar que para ser beneficiario de una subvención (del latín subvenire, venir en auxilio de alguien) solamente es necesario cumplir con una serie de requisitos, de los que no derivará más obligación que las ya reflejadas en ellos. Para el Prepara, concretamente, carecer de rentas superiores en cómputo mensual al 75 % del salario mínimo interprofesional y buscar de forma activa trabajo. Lo primero es fácilmente demostrable y lo segundo se le supone a alguien que tiene su último socorro en los 399,38 euros que ingresará durante seis meses.

Parece mentira que haya que explicarle a FADE lo que es una subvención porque los agentes sociales las reciben. Y cuantiosas.  Resulta curioso cómo últimamente se dedican a dar consejos y recomendaciones quienes bastante tienen con limpiar el patio de su casa. Por poner solo un par de ejemplos, véase cómo MAFO recomendaba rebajar salarios poco antes de su salida del Banco de España, cuando el agujero bancario amenazaba ya con tragárselo, o cómo el propio presidente de FADE haría bien en dejar de apagar incendios ajenos y concentrar sus esfuerzos en impedir que las empresas asturianas sigan cerrando, como ya lo han hecho 4.157 desde el comienzo de la crisis.

La cultura de la subvención, es cierto, ha hecho estragos en España, y no digamos en Asturias. De forma directa o indirecta, personalmente o en nuestro entorno familiar, en las empresas donde trabajamos, para comprar un piso o para cambiar la caldera, apuesto a que pocas son las personas que nunca han recibido alguna subvención, por pequeña que sea, en toda su vida. Y probablemente no todas hayan alcanzado el fin que  buscaban sin que por eso se haya castigado a perceptores ni a pagadores.

Foto:www.entrevista-a.com

En este nuevo Panóptico que vigila y disciplina al conjunto del cuerpo social, le ha tocado el turno a los desempleados más menesterosos, como antes le tocó a los funcionarios, que vieron reducir sus derechos en la misma proporción en la que se incrementaba la vigilancia sobre su trabajo.  Michel Foucault decía en Vigilar y castigar que el Panóptico es “la base de la sociedad disciplinaria”. El problema es que nadie se fía de nadie en este país en el que la confianza social brilla por su ausencia. La partida dineraria que se dedica a cubrir las necesidades de los desempleados es elevadísima, eso es incontestable, cuando a las políticas de desempleo se dedican en 2012 28.805 millones de euros, algo menos, por cierto, que al pago de intereses en deuda pública.  Pero lo es porque las tasas de desempleo de nuestro país se mantienen en unos niveles insoportables desde hace años. Y lo que nos queda, añado yo. Así que parece que hay otras vías de agua en la economía española y de las Comunidades Autónomas que conviene cerrar antes que el grifo en el que apagan su sed los parados. Lo dicho, a este paso, todos  a limpiar matojos al monte.    

Sobre el autor

El marco institucional estable propio de las sociedades tradicionales ha sido quebrado por fenómenos como la globalización, la individualización o el trabajo precario, portadores de una gran incertidumbre. Vivimos en una sociedad sin red


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