Circulaba días atrás por Twitter un meme en el que podía verse a un dirigente de un partido político con un cartel en el que solicitaba el acercamiento de sus presos a…Suiza. Como la actualidad en este “mundo líquido” es tan efímera, horas después bien podía haberse añadido a Luxemburgo, o a Andorra, cambiando eso sí las siglas y el retrato del político de turno.Ya he dicho en otras entradas que existe en España un grave problema de confianza social, que no hará sino aumentar, a la vista de los últimos acontecimientos. La ciudadanía confía cada vez menos en sus gobernantes y estos, a su vez, desconfían de los gobernados. ¿Causa o efecto? Sea como fuere, en España ganan enteros las nuevas opciones que apuestan por la regeneración democrática. Además, no necesitarán hacer campaña en adelante, si siguen poniéndoselo tan fácil.
¿Y mientras tanto, qué hacen los partidos mayoritarios? Pues parece que siguen sin enterarse de nada, o pretendiendo que no lo hacen. Todo va bien para unos, porque aumentan su diferencia sobre el segundo, aunque lo hagan con su peor porcentaje de intención de voto, y para los otros, porque ya están remontando. Los dos, eso sí, más pendientes de reunirse para cerrar filas en cuestiones que consideran “de estado”. La última de ellas es arremeter contra un partido emergente al que desprecian por insignificante pero al que parecen temer ya como un serio adversario electoral. No solamente porque lo diga el CIS, sino porque los calificativos han ido tornando de “frikies” a filofascistas a medida que sus estimaciones de voto crecían en los barómetros. La última comparación, bien es cierto, no sé si tomarla como un insulto o un halago , pues no es asunto menor que equiparen tus fundamentos teóricos con los de Gaetano Mosca, un pensador universal, y el primero en desarrollar una teoría sobre la “clase política” tal y como hoy la conocemos. Sus adversarios, sin embargo, han preferido situar históricamente al político italiano en connivencia con el fascismo italiano por sus duras críticas a la democracia, algo que, sin embargo, no debe resultar extraño para alguien que convivió con el giolittismo.
Mosca conocía la política desde dentro (y las formas que ésta puede adoptar) pues no en vano fue senador vitalicio, por lo que pudo ejercer tanto en democracia como durante el fascismo. De ahí que no le fuera difícil plantear su teoría sobre el monopolio del poder que una minoría ejerce sobre la mayoría, ya sea por medios legales o arbitrarios. Es cierto que defendía el principio de jerarquía para la organización humana, pero también que solo era posible una sociedad sana si existía un buen funcionamiento de las élites. En este sentido, se mostraba pesimista, pues la clase política, creía, posee intereses propios y se organiza para defenderlos cuando siente que están amenazados, sin dudar en utilizar la “fórmula política” para legitimar su posición predominante.
Sobre estos principios teóricos basó su crítica a la democracia, a la que consideraba imperfecta, sí, una farsa organizada por quienes detentan el poder. Pero también el mejor sistema posible, siempre y cuando exista un equilibrio entre fuerzas sociales contrapuestas y, sobre todo, si quien gobierna es una élite comprometida con el pueblo y que garantiza la “protección jurídica de las personas”. Formulo de nuevo la pregunta: ¿insulto o halago?
Y ya que abrí con una parodia, cerraré con otra. Esta vez es una viñeta en prensa escrita en la que se ve a uno de esos que llaman “barones” (y que en realidad no son sino políticos enquistados en el poder) enseñando a otro los calzoncillos qaue le asoman por debajo del pantalón, mientras se jacta de simbolizar con ese gesto la renovación del partido. El documento gráfico no puede ser más representativo del que todo cambie para que todo siga igual. “Apparatchiks” y candidatos revestidos de autoridad en simulacros de primarias, mejor cuanto más jóvenes, eso sí, para tratar de combatir al enemigo con sus propias armas.
Como en España nunca hemos sido de términos medios, hemos pasado de la suite en el Palace a la litera compartida en Bruselas. Quién sabe, a lo mejor la economía colaborativa termina también por triunfar en política. Eso sí, si tuviera que apostar, diría que va a ser que no.