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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Escalada peligrosa

 

En la reciente historia de la conflictividad social en Asturias encontramos una larga lista de episodios de la lucha obrera que destacan por su trascendencia, radicalidad y virulencia, hasta el punto de poner a prueba en su día la capacidad del estado democrático para responder a situaciones extremas o fuera de control. En las reconversiones del carbón, de la siderurgia, de las fábricas de armas, de los astilleros, del campo o de Duro Felguera, durante los durísimos años ochenta y noventa, con tasas de paro igualmente insoportables, en medio de fuertes crisis económicas, de declive social e inestabilidad política, Asturias protagonizó escenas dramáticas en aquellas protestas, que ahora, con los disturbios de los mineros, quizás sea bueno extraerlas del rincón de la memoria para abrir una reflexión. En las páginas negras de aquellas movilizaciones quedaron escritos nombres como Raúl Losa o Lorenzo Gallardo, que permanecen en el recuerdo del movimiento obrero asturiano.  
La tensión en el conflicto de la minería aumenta de día en día. Las refriegas en los pozos y en las carreteras son cada vez más violentas y la escalada ya ha entrado en zona peligrosa. Los ‘partes de guerra’ al final de cada jornada así lo demuestran. Lo peor que les puede pasar a los mineros es que sus actos de reivindicación se conviertan en crónicas de sucesos porque corren el riesgo de que la legitimidad que tienen resulte mermada.
La movilización de la minería se produce en circunstancias totalmente distintas a las que se vivieron en anteriores procesos de reconversión. En Asturias llevamos más de una década de paz social, los sindicatos han ido perdiendo crédito, su influencia política ya no es la que era, la sensibilidad hacia los problemas del carbón no es la misma, su peso en la economía regional tampoco, y la solidaridad que tantas veces proclamaron sus dirigentes con el resto de territorios no resulta del todo comprendida.
Aunque los mineros tienen sobrados argumentos para hacer valer sus protestas, la defensa de la razón no puede ser de cualquier forma o a cualquier precio, ya que cosechan más rechazos que adhesiones, pierden más que ganan. Ahora bien, el Gobierno y el partido que lo sustenta también tienen una responsabilidad de la que no pueden escapar. Los mineros reclaman el cumplimiento de un compromiso pactado con contrapartidas por ambas partes, que ha sido roto de manera unilateral. Y el gabinete de Rajoy no ha mostrado hasta ahora un mínimo gesto de diálogo o, al menos, la misma voluntad de entendimiento que aquel Ejecutivo de su mismo color que en 1998 llegó a suscribir el mejor plan del carbón que tuvo el sector y las comarcas donde se asienta. La capacidad de ceder y encontrar una salida es lo que tiene que reforzar. Ni los mineros ni el Gobierno necesitan héroes para recapacitar. En la mesa de negociación es donde hay que desfallecer. No ante las barricadas.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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