Una buena parte de las protestas de los empleados públicos durante el ’viernes negro’ que vivió España eran espontáneas, la expresión de una indignación cada vez mayor ante la asfixia a la que nos está sometiendo el Gobierno por las exigencias emanadas de quienes mandan en Europa para intentar combatir los ataques a la moneda única. Mientras miles y miles de funcionarios en Asturias se manifestaban ante los edificios oficiales y ante las sedes del PP con las manos en alto por el ‘atraco’, en las calles, en las plazas, por el paseo del Muro, en cualquier esquina, te encontrabas a alguien que vivía con angustia el tijeretazo de Rajoy. El cabreo es general. No hace falta demasiado llamamiento a alzar la voz para constatar el nivel de agobio y desesperación.
Encuentro en San Lorenzo a un conocido comerciante sumamente enfadado por la subida del IVA y la liberalización del sector. “Nos están matando”, me dice. “Y encima la paga que quitan a los funcionarios es la de navidad, justo en el periodo de mayor consumo”.
Un alto cargo de Hacienda, al repasar medidas, me comenta que lo de la amnistía fiscal, además de una barbaridad, es un absoluto fracaso. “Pero si los que se podría acoger ya no están ni en España”.
Un trabajador de la Administración de Justicia hace hincapié en el hartazgo. “Fueron todos los gobiernos igual: o nos congelaron o nos redujeron el sueldo; pero lo de ahora es un auténtico robo a mano armada, insoportable”. Entre el aumento de la jornada, la eliminación de moscosos y permisos y la extra, el recorte a los empleados públicos supera de una tacada el 7%.
Veo a un viejo amigo sentado en un banco de Begoña controlando a su hijo que disfruta de los juegos. “Estoy en el segundo ERE, pero esto no da más de sí. Quedamos cuatro y la empresa acabará cerrando”. El próximo curso el niño cambiará de colegio, de un concertado a un público. Sus ingresos dan poco más que para pagar la hipoteca y comer. Una vuelta más de tuerca y se ve sin plato ni techo. Voy a una agencia de viajes y el agente me dice que en lo que va de mañana, y son la una y media, lo único a lo que se dedicó fue a cancelar reservas.
Y un pequeño empresario, con nave en Tremañes, en un momento de la conversación, entre indignación y congoja, me pregunta: “¿Sabes algo de que vayan a tocar los pagos fraccionados? Es que no aguantamos mas. Trabajamos para mangantes”.
Pero, ¿quienes son los mangantes? Llegamos al punto de que en todos los casos existe comunión a la hora de buscar culpables. En la cola del paro, en la parada del autobús, en el taxi, en la ventanilla del registro, al comprar el pan, en la sidrería, sentado en el parque, en el mostrador de la sucursal del banco, la opinión es, como el cabreo, unánime: la culpa es de los políticos. “Fueron ellos los que nos llevaron a esta situación, los que despilfarraron, los que malgastaron, son ellos los que nos han administrado de manera nefasta, quienes provocaron la burbuja, los que permitieron la especulación, quienes se beneficiaron también de ella, los que hundieron a las cajas, quienes engordaron las administraciones, enchufaron a los amigos, se corrompieron en muchos casos…” La vicepresidenta del Gobierno, en la rueda de prensa después del Consejo de Ministros que aprobó el mayor recorte jamás sufrido en este país, reconoció que “España vive uno de los momentos más dramáticos de su reciente historia”. Ya no se trata solo de si estamos intervenidos, de que hemos perdido soberanía o si es el país entero el que necesita el rescate. Se trata también de no perder la confianza en el sistema, de emprender una regeneración, para recuperar la credibilidad en quienes tienen que llevar las riendas y sacarnos del marasmo.