El documento ‘Un proyecto económico para la gente’, firmado por Vicens Navarro y Juan Torres y que recoge las líneas programáticas de Podemos para transformar la economía del país podría ser asumido en su integridad por cualquier socialdemócrata o por cualquier participe de organizaciones no gubernamentales o entidades sociales, incluidas las más directamente vinculadas a la Iglesia. No en vano, el documento hace referencias a informes de situación social realizados por algunas de esa ongs y a frases del mismo papa Francisco tan lapidarias como “esta economía mata”. El problema es que para llevar precisamente a la práctica una buena parte de los postulados del documento sus propulsores tienen que hacer frente a las políticas liberales que han sostenido el modelo de capitalismo que aún pervive y que dio origen a la gran recesión. Un modelo que se encuentra en revisión por sus propios defensores para refundar el sistema, pero que no es el que pretende promover Podemos, ni mucho menos, sino que es el mismo que generó la crisis con el disfraz de la sostenibilidad y del progreso.
El documento es una propuesta para el debate, no es el programa, pero pone de los nervios al partido socialista porque cubre el espacio ideológico que ha ido abandonando en los últimos treinta años con planteamientos tildados de oportunistas que tratan de responder a la dramática realidad social que vive este país. Algunas de las líneas maestras del proyecto económico ya habían sido planteadas por Felipe González en 1982, las mismas que llevaron entonces a la victoria, aunque luego modificó el discurso conforme iba desarrollando la acción de gobierno. En aquel momento, al joven abogado sevillano se le veía también como un oportunista iluminado.Ahora bien, si buscamos comparativas históricas del ‘proyecto económico para la gente’ la más similar que encontramos es, quizás, el Programa Común de la Izquierda que había elaborado la coalición entre socialistas y comunistas en Francia y que llevó a la victoria electoral en 1981 a François Mitterrand en un momento de gran convulsión política. Aquel programa recogía un conjunto de ambiciosas reformas sociales y económicas para conseguir una sociedad más justa e igualitaria. Aumentó el salario mínimo, las ayudas sociales, los derechos de los inquilinos y de los trabajadores; redujo la jornada laboral, estableció la edad de jubilación en los 60 años, instauró un impuesto sobre las grandes fortunas e incrementó el empleo público. Pero la medida más trascendental fueron las nacionalizaciones. La mayor parte de los bancos cayeron en manos estatales, pero también la siderurgia, el sector del aluminio, el químico y las eléctricas.
Ante tal semejante intervención la respuesta de capitalismo fue brutal. Hubo fuga de capitales, las inversiones empresariales en Francia se congelaron, la inflación se disparó por la subida de los precios de los productos no regulados, las exportaciones cayeron, la economía del país se paralizó y el desempleo alcanzó cotas sin precedentes. Este es el panorama que se dibuja en España en el caso de que Pablo Iglesias alcance el poder en las próximas elecciones legislativas, una posibilidad cada vez menos remota a tenor de la evolución de los acontecimientos. Como el líder de Podemos y quienes le acompañan en el viaje, el clan de la Complutense, etcétera, son buenos conocedores de la historia, seguro que no serán tan necios de repetir los errores. Ahora se encuentran en plena caza del voto, pero irán poco a poco matizando y moderando el discurso.