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Ángel M. González

Viento de Nordeste

'Operación Zumárraga'

Sobre Zumárraga cayó la espada de Damocles. Una de cada cinco familias de este pueblo guipuzcoano de más de 10.000 habitantes vivían directamente del trabajo en la acería que ArcelorMittal ha comenzado a desmantelar la semana pasada para convertirla en un almacén de chatarra por la embestida de la competencia desleal. La villa donde nació Miguel López de Legazpi, el conquistador, el mismo cuyos hombres defendieron Manila de los piratas chinos, se queda prácticamente sin industria por la incapacidad europea a poner freno al acero ‘low cost’ procedente del gigante asiático. La UE se pone antes de acuerdo para expulsar a los refugiados que para defender lo que en 1951 tal como día como hoy fue germen de la Unión.
Cuando otras áreas del mundo adoptan con celeridad medidas proteccionistas ante la invasión comercial, en el viejo continente abrimos expedientes para investigar la evidencia y discutimos si son galgos o podencos mientras nos cierran plantas como la de aquella tierra, dando la puntilla a medio siglo de tradición siderúrgica. Socialmente tiene coste. Más de 260 trabajadores tendrán que hacer las maletas para recolocarse en las factorías de Gijón y Avilés. Son los desplazados, a los que se dará acogida en Asturias, cómo no, pese al precio que tiene este tipo de reubicaciones en una región como la nuestra tan golpeada por el desempleo.
La ‘operación Zumárraga’ tendrá consecuencias. El primer efecto es inmediato. Los compromisos de Arcelor en el plan laboral se van al garete. ¿Qué puestos ocuparemos cuando vayamos a Asturias?, se preguntaban los operarios vascos el día que la multinacional echaba el cerrojo a la planta. Pues los que ahora ocupan los eventuales contratados por la compañía en Veriña o Tabaza o los relevistas del personal que aquí se iba prejubilando. Es decir, el cierre en Guipúzcoa incrementará el paro en Asturias.
También se extraen conclusiones. Resulta cansino recordar que ni en España ni en la Unión Europea existe política industrial, pero Zumárraga, y lo que todavía pueda venir, es otra víctima más de esa carencia. La industria europea y española está huérfana, totalmente desprotegida. Hasta dónde hay que llegar para que se tomen medidas que rebajen los costes energéticos de las empresas, uno de los factores más determinantes en los cierres y deslocalizaciones.
Menos mal que en Gijón, por ejemplo, no se acabó instalando una acería eléctrica como la que desaparece en el País Vasco o la que Arcelor decidió parar en Sestao cuando a mediados de los noventa, de manera acertada, se decidió que la siderurgia asturiana continuase siendo integral, con dos hornos altos y dos acerías al modo tradicional. No es que nuestra cabecera sea menos vulnerable por ello, pero sí se está demostrando que tiene más capacidad competitiva y de resistencia que otras instalaciones del propio grupo en Europa.
Ahora bien, con el ‘laissez faire, laissez passer’ que practican las autoridades no se solventan los problemas ni se despejan las incertidumbres. Puede que la batalla del acero a bajo precio entre en un punto de inflexión cuando China no tenga más excedentes que colocar, quizás más pronto que tarde, pero los males de la siderurgia y de la industria en general seguirán estando ahí, en la hoja de deberes, pendientes de solucionar por inacción.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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