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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Muelle 'collection'

El sector turístico gijonés entra en el mes de julio de la mejor manera que lo podía hacer, con hoteles repletos, ambiente, buen tiempo y unas perspectivas para todo el verano que llevan a la conclusión de que volveremos a batir el récord de ocupación esta temporada, de la misma manera que España tiene previsto alcanzar los 70 millones de visitantes si el ‘Brexit’ lo permite, por supuesto. El optimismo es gratis y entrar con buen pie, como ha ocurrido en este fin de semana de fiesta y sociología, lo acentúa sin duda alguna.
El entusiasmo, sin embargo, no oculta las carencias que continúa padeciendo esta actividad, quizás la que más potencial tiene de crecimiento de cuantas se desarrollan en la ciudad y en Asturias. El déficit de las comunicaciones, el mal endémico que somos incapaces de solventar, con aviones contados, sin AVE, un servicio de cercanías nefasto y sin conexión marítima hacen que el despegue del turismo sea simplemente un milagro. La escasa afluencia de extranjeros, la baja presencia de ofertas entre operadores nacionales e internacionales y los problemas de desestacionalización se derivan, sobre todo, de esa dificultad para conectar con el mundo. Hemos mejorado en carreteras, pero en el resto de medios seguimos como hace treinta años.
Por ello, cualquier iniciativa que suponga potenciar lo que tenemos para favorecer el turismo como motor económico y de empleo hay que darle la bienvenida y recibirla con incienso. El hotel de cinco estrellas es una vieja aspiración. Resulta inconcebible que el municipio turístico por excelencia de esta región, capital de la Costa Verde, villa de la Ruta de la Plata, la ciudad más dinámica y con capacidad de atracción del verano en Asturias, siga careciendo de un establecimiento de alto standing en su catálogo hotelero. Si nos quedamos en cuatro, de cuatro seguiremos siendo destino.
Un empresario avilesino, de la mano de una cadena solvente, ha planteado convertir la centenaria sede de la Autoridad Portuaria en el Muelle en un hotel de lujo tipo ‘Collection’. Un cinco estrellas en la falda de la Atalaya, junto al puerto deportivo, en un edificio noble ahora muerto de risa. Con este proyecto, a la institución portuaria le ha tocado la lotería. Mantiene el patrimonio, se lo mejoran y percibe una renta todos los años por un inmueble que desde su cierre lo único que genera es gasto y grietas viendo pasar el tiempo. Es bueno para la administración de El Musel y buenísimo para Gijón que aparezcan promotores que confíen en las posibilidades de la ciudad y tomen el relevo de otros proyectos similares que resultaron fallidos, con arquitectos estrella y habitaciones piloto incluidos.
Sin embargo, viene un ente llamado Puertos del Estado, dependiente del mismo ministerio que frena la llegada de la alta velocidad, el ferry o una Feve moderna y útil, y le pone la proa a la idea porque lo que quiere es convertir en líquido todo aquello a lo que cree que puede sacar tajada. Tengo aún la esperanza de que alguien en Madrid recapacite porque, de lo contrario, habría que empezar a pregonar que es verdaderamente cierto eso de que con respecto a los gallegos en cuestiones de fomento somos de segunda.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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