Esta semana un mandatario gallego pisó Gijón no para birlarnos una idea sino para inspirarse en ella, algo que de mano es para congratularse. El vicepresidente de la Xunta vino a conocer el nuevo Palacio de Justicia para importar en Pontevedra un modelo de edificio funcional para una administración judicial moderna, a la que todavía le comen los papeles por mucho ordenador que tenga. Una visita así resulta agradecida cuando no viene con segundas a hacerse con la cartera.
No quiero que se entienda que exista cierto prejuicio con nuestra comunidad vecina, pero hay un cúmulo de experiencias en los últimos años que llevan a la conclusión de que Galicia ha salido siempre más favorecida que Asturias en aquellos asuntos donde compartíamos las mismas carencias, de tal manera que allí se han ido solventando en gran parte relegando las de aquí por el peso de sus paisanos en Madrid.
Hay una buena colección de temas que servirían de prueba ante cualquier tribunal de tamaña acusación entre primos y hermanos. Algunos se pueden quedar en la pura anécdota, como lo que sucedió hace tres años cuando Correos, con la ministra de Fomento de madrina, lanzó un sello con la estampa del ‘Puente de los Santos sobre la Ría de Ribadeo’, así de textual, con todas las letras, apoderándose del nombre de lo que más en común tenemos y, sin embargo, nos separa. Anécdotas, ya digo.
Porque lo que no es banal es que llevemos trece años con los túneles de Pajares para poner en marcha solo un tubo cuando finalice la ‘obrona’, si es que algún día finaliza, mientras todo el esfuerzo inversor se centra en que el AVE cruce Galicia entera cuanto antes mejor. Tampoco es trivial la paralización del plan de vías, que la regasificadora de Mugardos, en Ferrol, tenga todos los parabienes medioambientales por empuje gubernamental mientras la de Gijón siga muerta de risa, que los accesos a El Musel estén pendientes y en Vigo se lleve adelante la mejora de su conexión ferroviaria, y que el puerto sufra un estrangulamiento económico que le impide levantar cabeza. La pregunta es cómo es posible que La Coruña, con un sobrecoste similar, un crédito del mismo financiero, suscrito en la práctica en el mismo momento, pague un punto menos de intereses que El Musel. La respuesta está en la usura de un ente llamado Puertos del Estado, nuestro particular ‘Men in black’, empeñado en hacer caja con lo de aquí, de tal forma que, como hemos desvelado estos días en el periódico, lleva 49 millones ingresados vía réditos de una institución portuaria que lo que necesita es desahogo.
Y de la autopista del mar poco más se puede decir, salvo que mientras estamos a la espera de que el proyecto de Riva salve los obstáculos para recuperar el enlace con Nantes-Saint Nazaire, el ferry de Vigo, en el que hubo gran empeño ministerial, tiene captado prácticamente todo el tráfico que había conseguido Gijón y sigue aumentando su carga de mes en mes. Quiero decir que difícilmente puede llegar a tener viabilidad la línea si el mercado natural al que iba dirigido está ya esquilmado.
Por ello no es de extrañar que cuando vengan los emisarios capitalinos con el ánimo de aclarar todos esos malos pensamientos se encuentren con una buena queimada a modo de recibimiento para ahuyentar los espíritus. Ya saben, aquello de «mouchos, coruxas, sapos e bruxas…».