Tenemos tan implantada la cultura de la concertación que concertamos a machamartillo. En Asturias llevamos unas cuantas, más de una incluso por legislatura, de tal manera que en las estanterías de nuestra particular biblioteca política encontramos una gran colección de pactos sociales, regionales, sectoriales y locales, algunos con nombres rimbombantes, que se quedaron en su mayor parte en tratados de buenas intenciones y cambalaches.
Sobre la concertación planean dos males muy diferentes entre sí, aunque a veces vayan de la mano, que le han restado credibilidad. Lo que se amagüesta por debajo de la mesa y lo que se incumple de lo que está por encima, a la vista de todos. El pacto es recopilación, reparto y envoltorio, una especie de santísima trinidad que garantiza la llamada paz social y legitima al que gobierna. Pero, por lo general, le suele faltar un cuarto ingrediente, la pasta, que es lo que conduce irremediablemente a la decepción. Papel mojado, dicen en el argot, cuando el dinero no da apenas para el pago de los gastos corrientes de los firmantes.
Hace algo más de dos meses que fue suscrito el acuerdo regional, sin postureos decían sus protagonistas, pero transcurrido ese tiempo poco se puso en práctica, ni siquiera una mínima postura.
Esta semana se ha firmado el de Gijón, un hermano menor con distintos padres, y quienes lo hicieron exhibieron, cómo no, la fuerza del diálogo y el consenso para que la ciudad avance cual motor sobre ruedas. «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», dijo Arquímedes. El pacto social es para la alcaldesa en minoría una palanca para mover su gobiernín, a pesar de que no hubiera conseguido sacar adelante aquella idea de que en la negociación intervinieran más agentes de los habituales, incluidos los vecinos. La participación, en este caso, se circunscribió a quienes llevan treinta años acreditados como interlocutores válidos, es decir, los que validan o invalidan según se tercie.
‘Gijón crece’, que así se ha bautizado el nuevo plan, el séptimo que se rúbrica en la ciudad desde 1993 y el segundo de la ‘era Moriyón, pretende destinar 160 millones en cuatro años a promover el crecimiento, la innovación, el talento y el empleo. Hasta ahí todo correcto. Como el pacto regional. No tenemos otra necesidad que acabar con el paro, la pobreza y la desigualdad que nos ha dejado la voraz depresión y no existe otra manera de hacerlo que el impulso a la economía remando juntos en la misma dirección. Y aquí se halla el éxito de que la palanca funcione o rompa cuando se active.
Para la foto de la firma posaron los firmantes, como es lógico, y representantes de todos los grupos políticos de la corporación plural gijonesa. Entiendo que el pacto, con los matices de color que cada uno de ellos quiera darle, recibe el saludo cortés de quienes tienen voz y voto en el ayuntamiento. Voz y voto también para poner en claro el contenido del acuerdo en unos presupuestos. Es decir, que además de papel, tengamos pasta. De lo contrario se corre el riesgo de que el plan, como tantos otros, resulte un fiasco.