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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Paraíso siderúrgico

Una de las noticias que más satisfacción me produjo en este mes de estío plagado de visitantes, que también resulta muy grato, ha sido el inicio de la ampliación del tren de carril de ArcelorMittal en Gijón. En cambio, aunque llevábamos años en Asturias suspirando por las inversiones siderúrgicas, con sobresaltos por el medio por las embestidas de la crisis, el día que arrancaba el primer proyecto de un plan más ambicioso para apuntalar nuestro mayor tractor, hay quienes optaban por seguir contando turistas confiando en el recambio. Todo suma en el PIB, pero la industria multiplica. Ahí está la diferencia. Por ello cuando Neto, nuestro dibujante de Última, pintaba esta semana un caravanista llevándose un hórreo del paraíso se podría pensar que mejor arramblar con eso que con una chimenea, sin restarle importancia al patrimonio etnográfico. Ni uno ni otro, por supuesto, pero una chimenea es, por desgracia, más difícil de levantar.
En Asturias tenemos la gran suerte de que el gigante siderúrgico, mientras desmantela y reduce actividad en otros lugares, refuerza su presencia aquí con el centro de investigación y desarrollo más exclusivo que tiene en Europa y el paquete de obras que acaba de poner en marcha en sus instalaciones para incrementar la competitividad del polo Gijón-Avilés. En total, cerca de 200 millones de euros en apenas cuatro años que incluyen, además del tren de carril, la reforma integral de la acería LD-III, en Tabaza, y las nuevas baterías de cok en la factoría gijonesa.
Sin embargo, a una empresa que teníamos que mimar por su decidida apuesta por permanecer le ponemos cada vez más trabas a que siga aportando riqueza y empleo. Así de dura la aseveración. A la invasión de productos chinos y al precio de la energía, dos factores sobre los que, por desgracia, tienen competencias otras instancias, sumamos ahora nuestros propios obstáculos, los planeamientos urbanísticos y las exigencias medioambientales, que hacen la tarea cada vez más difícil.
Nuestros munícipes, por ejemplo, le han colocado un cinturón a la compañía en el PGO con desclasificaciones de suelo industrial que amenaza con ahogar cualquier posibilidad de expansión. Algo así como ponerle una barrera para aislar al monstruo por si se le ocurre moverse. Inaudito. Un intento similar tuvo lugar en Corvera, pero los tribunales acabaron dándole la razón a la empresa siderúrgica imponiendo la cordura.
Y luego la preocupación medioambiental, sobre la que existe cada vez una mayor concienciación, loable por otra parte, pero que puede llegar a ser una osadía si los planteamientos se llevan obsesionadamente al extremo. Para Arcelor y para todas las empresas en general.
El Principado ha advertido que vigilará que las nuevas baterías cumplan con los límites de polución que establece la legalidad vigente. Faltaría más. Lo contrario sería, desde luego, de juzgado de guardia. Pero la reacción de la autoridad regional se produce después de que una plataforma de amigos del estado natural alegara en contra del proyecto porque, según su visión, la multinacional no prevé levantar unas instalaciones nuevas y ecológicas, sino reconstruir sobre las antiguas, paradas hace tres años. Hombre, resulta poco serio pensar que las futuras baterías, sean del paquete o tuneadas, no vayan a respetar los valores máximos de emisión permitidos por ley, salvo que la vayamos cambiando y bajando los límites para contentar a los preservacionistas y al final decirte «te pillé». El oso y la industria son compatibles, cada uno en sitio. La siderurgia y las personas también si no nos volvemos todos tarumbas.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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