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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Carantoña y Camín

El azar o el destino han querido que dos grandes referentes de Gijón que trascendieron con su labor las fronteras locales, uno en el ámbito del arte y otro en el mundo del periodismo, sean recordados en espacios que ambos compartieron en vida con mutua admiración y fuertes lazos de amistad. Francisco Carantoña Dubert y Joaquín Rubio Camín regresan a escena, cada uno de modo distinto, con el reconocimiento de quienes tuvieron en consideración su trayectoria y su trabajo en el campo de la creación y de la intelectualidad.
‘Nueve años sin Camín’ es el nombre de la exposición que Cornión abrió este viernes para el reencuentro con el artista infinito, que cultivó todas las técnicas de expresión, ensayando materiales con la pasión de un enamorado de la naturaleza y del entorno, en constante búsqueda de lo esencial desde su particular santuario de Valdediós.
El recorrido que ofrece Amador Fernández en su galería coincide con la publicación este año del ‘Catálogo razonado’, que muy acertadamente ha editado la Fundación María Cristina Masaveu bajo la dirección de la catedrática de Historia del Arte, María Soledad Álvarez, y las aportaciones de Ana Johari Mejía y Ángel Antonio Rodríguez. Este bello viaje iba a ocupar dos tomos y al final salieron tres ante la ingente obra que nos ha legado. Estoy seguro de que Carantoña hubiese gozado con la recopilación sobre Rubio Camín, del que decía que «hizo siempre lo mismo: crear para los ojos, para el sentimiento y para la inteligencia».
Hace nueve años que el artista se fue y hace nueve también que publicaba en EL COMERCIO el dibujo de una mano extendida como homenaje al gran periodista para rememorar su muerte con la siguiente cita: «Amigo Paco, en el décimo aniversario de tu marcha, recordándote, te doy mi mano». Pocos días después, Camín nos dejaba.
El próximo jueves el Café Dindurra reinstalará la placa que el Ateneo Jovellanos dedicaba al exdirector de este periódico en el rincón del establecimiento donde a diario acudía.
Allí, sobre la mesilla de mármol, Miguel, el camarero que sabía tanto de los hábitos de Carantoña como quienes tuvimos la suerte de ejercer el periodismo bajo su magisterio, le servía el café con leche, el trozo de bizcocho y el vaso de agua nada más que le veía franquear la puerta giratoria del viejo local. Allí devoraba los periódicos con la cajetilla de Goya cerca, pergeñaba sus comentarios y entraba en tertulia con los amigos que osaban con permiso romper aquella disciplina. Uno de ellos Camín, que desde Villaviciosa se desplazaba a Gijón acompañado de Carmen, su esposa, al menos dos o tres días a la semana, y se pasaba por el café para charlar con Carantoña.
En el Dindurra, Francisco Carantoña le daba vueltas a la vida y trazaba historias envuelto por el discurrir del tiempo y el runrún de las mesas. Luego, siguiendo el ritual, aquella enorme figura se levantaba de repente de la silla y con el fajo de periódicos bajo el brazo se dirigía desgarbado hacia la calle de la Merced, con Cornión como primera parada. Una imagen que fue recogida de manera excepcional por el artista en la silueta de acero corten que ha quedado recortada en Begoña para siempre.
Con el regreso de la placa a su aposento, el Dindurra recupera su espíritu, el que le da sentido a lo que encierran sus paredes más allá de lo que de por sí representa para Gijón el noble y remodelado café.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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