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Ángel M. González

Viento de Nordeste

El 'caso Papá Noel'

Santa Claus no tuvo la culpa. Digamos que se convirtió en víctima del cabreo monumental acumulado en la casa consistorial por la iluminación discreta y laica de las calles. El traslado del Papá Noel de la Plazuela al Seis de Agosto fue la expresión del puñetazo en la mesa. El muñecón orondo más retratado de estas fiestas, la envidia de las Letronas, resultó damnificado por la catástrofe colectiva de unas luces navideñas que no gustaron porque nacieron sin convicción, sin que todo ello sea responsabilidad única y exclusivamente de la empresa.
«Las luces son malas, no reflejan el espíritu navideño que se merece Gijón», dijo esta semana don Fernando Couto, en un estallido de sinceridad durante su entrevista en el programa La Lupa, de Canal 10. Son ese tipo de manifestaciones que se tienen que agradecer a cualquier político, más siendo portavoz gubernamental, porque reflejan el estado de ánimo tras un fracaso que no sólo compete a una parte. En el tema de las luces, la culpa tendría que ser compartida.
Cuando se resolvió el concurso, que de manera preceptiva tuvo que abrir el Ayuntamiento para atender las encomiendas de la Sindicatura de Cuentas, alguien tuvo que ver el proyecto artístico que la empresa había presentado para sostener su oferta. De lo contrario, estaríamos ante un gran engaño. Es decir, o bien nos dieron gato por liebre o el que repasó los bocetos estaba cegarato.
Lo cierto es que el resultado, ahora, salta a la vista. Por ejemplo, este año la cabalgata de los Reyes Magos discurrirá en penumbra. Desde Montevil hasta los Jardines de la Reina recorrerá cuatro kilómetros y medio y sólo se encontrará durante el desfile con tres calles iluminadas con cuatro arcos de bombillas. Vamos, el final de la civilización occidental.
Los munícipes en pleno advirtieron a la instaladora que si para la próxima campaña navideña no mejora la lumínica ornamental se le rescindirá el contrato. La duda es si será capaz a hacerlo por el mismo precio. De momento, otra figura ocupará el sitio en la plaza donde el entrañable gordo de San Nicolás reía feliz y Cimavilla tendrá algún adorno más. Pero al final es lo de siempre, lo barato sale caro, dice la conclusión en versión popular. Y en el Ayuntamiento se acumulan en los últimos tiempos las experiencias.
No hace falta ir muy allá para darse de bruces con desengaños producidos por una política de contrataciones un tanto chapucera. La obsesión de los que determinan con quien se convenia por el final de la raya sin más lupa que el precio conlleva irremediablemente al riesgo. Y luego surgen conflictos por contraposición de intereses, con la ciudadanía por el medio sufriendo las consecuencias. Ahí tenemos la conservación viaria, el mantenimiento de los semáforos, el servicio de alumbrado público, las obras de la calle Aguado y Marqués de San Esteban o lo más reciente, la limpieza de los museos.
Prometieron cambiar el sistema para tener en cuenta otros criterios en la valoración de las ofertas, pero continúan cosechando fiascos. En el chasco de las luces se salva Papá Noel, al que todo el mundo desea, pero también le ha tocado pagar el pato. Ante tanto ridículo, más de uno va a quedar sin regalo.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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