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Ángel M. González

Viento de Nordeste

El viejo y el tren

Existen dos males que condicionan el devenir de Asturias, nuestra viabilidad como región, que tienen una evidente relación con el desarrollo y con las oportunidades, hasta el punto de coartarlas en muchos casos. El déficit en las comunicaciones y el desplome de la demografía nos están jugando una mala pasada. Seguimos sufriendo un aislacionismo por tierra, mar y aire, al tiempo que continuamos perdiendo habitantes por la escasa natalidad y la emigración de los más jóvenes, que ha cobrado mayor intensidad con la gran depresión agudizando el grave problema estructural de la población. Y entre trenes y viejos existe una tercera maldición, el discurrir del tiempo, que tal parece que se comporta de manera diferente en Asturias, de tal manera que van pasando los años, como el 2016 ya finalizado, y los objetivos continúan lejanos, en la inalcanzable línea del horizonte. La mejora del sistema ferroviario es uno de ellos. La construcción de la variante de Pajares va camino de convertirse en la obra pública más costosa del país. El dinero invertido duplica ya el presupuesto inicial como consecuencia, sobre todo, de una planificación nefasta que no ha tomado en serio las dificultades de nuestra orografía. De esta manera, seguimos sin conocer el momento en que se abrirá al menos uno de los dos túneles para reducir el tiempo de viaje en tren hacia cualquiera de los destinos más allá de la frontera, después de doce años de trabajos. Como está sin resolver el diseño del resto de los tramos con León a la entrada y a la salida de la variante desde Gijón o el destino de los servicios de cercanías, que han sufrido un año negro con el deterioro de la red y de los propios trenes, la escasez de personal y el desplome de viajeros. El nuevo titular del Ministerio de Fomento tiene repleta la agenda de tareas pendientes en Asturias. En su primer encuentro con las autoridades de la región no se comprometió a poner en funcionamiento la variante en el plazo de un año y se limitó a tomar nota del resto de asuntos sin solucionar. Por lo tanto, mantenemos la espera bailando la yenka.
Y luego está la demografía. La reducción de la población es un fenómeno imparable. La comunidad pierde veinte habitantes al día y las proyecciones estadísticas arrojan unas conclusiones dramáticas. Al ritmo que llevamos en quince años estaremos muy por debajo del umbral del millón de residentes. Cada vez hay menos activos y más viejos y este desequilibrio genera cada vez más tensiones en la capacidad presupuestaria. La región envejece y se empobrece al mismo tiempo y la nueva geografía humana requiere unos servicios cada vez más costosos y difíciles de gestionar con escasos recursos en la sanidad y en la atención social. El despoblamiento, además, está haciendo mella en unos territorios más que en otros. Las alas se vacían mientras la densidad poblacional se concentra en el ‘ocho asturiano’, donde el Principado ha vuelto a resucitar un debate de más de tres décadas, de nuevo el maldito tiempo, con el plan para la ordenación del área central de la regional. Las comunicaciones y los servicios comunes para una gran metrópolis en retroceso son los ejes de la ‘ciudad astur’. No hay más remedio que abordar el proyecto sin prejuicios ideológicos, respeto a la autonomía municipal y sentido común.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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