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Ángel M. González

Viento de Nordeste

A la espera de la inyección

Veinticuatro mil parados. Esa es la cifra absoluta con la que Gijón cerró el registro del desempleo antes de que inaugurásemos el año y a la que nos seguimos enfrentando en el proceloso camino de volver a construir el empleo que sin concesiones destruyó la gran recesión. Veinticuatro mil parados son menos que el récord que llegamos a contabilizar hace cuatro años cuando la depresión ejercía su mayor asfixia y en esta ciudad superábamos las 30.000 personas inscritas en las oficinas de empleo en busca de un trabajo. Aunque la tendencia desde entonces ha sido el descenso, con un comportamiento ligeramente más favorable que en el resto de la región, todavía queda un larguísimo trecho para recuperar el nivel de puestos laborales generados durante la bonanza económica hace una década, antes de que la crisis arrasara la construcción y una buena parte de la industria, barriera la banca y contrajera el consumo hasta límites nunca vistos ahogando a la hostelería y al comercio hasta la extenuación.
La respuesta de las instituciones a aquella escalada no fue otra que contribuir a que se volviera imparable: Más recortes y menos inversión. Es decir, la receta fue morfina para el dolor. Quienes regentan los despachos públicos dirán que no tenían otra salida que la impuesta por las autoridades superiores, los hombres de negro o el señor Montoro, pero creo que algo más sí podrían haber hecho para que la sangría no fuera letal.
En el caso que nos toca, el de Gijón, la Administración central y el Principado no hicieron más que agudizar la economía en coma. En lugar de aprovechar la condición de la comarca como motor de generación de riqueza en la región a poco que se moviera el dinero para intentar frenar en lo posible el angustioso aumento del paro y de la pobreza, recortaron todo lo que pudieron y cuando acabaron volvieron a hacerlo sobre lo ya recortado. Y lo hicieron más que en ningún otro concejo en el caso del gobiernín o más que cualquier otro municipio del país del mismo tamaño, en el otro caso. Vaya a usted a saber las razones, aunque para averiguarlas no hace falta pensar en exceso.
No sería de extrañar que un buen día fuera plantada la bandera rojiblanca en el picu San Martín para desde lo alto proclamar a voces «de aquí no pasan». A buen seguro que algunos lo llegaron a pensar al comprobar los dineros procedentes de las arcas de todos los asturianos para los planes de empleo o cuando los gallegos recibían los favores nacionales en detrimento de sus vecinos menos espabilados.
No obstante, hay que pensar que existe una segunda oportunidad, que todavía se puede cambiar de rumbo. Los recientes anuncios para acometer los accesos a la ZALIA en un tercer intento y el primer tramo de autovía que conectará con El Musel podrían suponer el inicio de una nueva etapa, radicalmente distinta a aquella en la que los proyectos dormían de manera placentera el sueño de los justos.
Veinticuatro mil parados en Gijón son muchos parados todavía. Casi la tercera parte del desempleo total registrado en Asturias. Pero si la maquinaria de la obra pública vuelve a funcionar, las administraciones susodichas reactivan el gasto, las empresas empiezan a recuperar la confianza y los ciudadanos van incrementando paulatinamente su consumo se irán solventando los males que han impedido la reconstrucción del empleo perdido. Puede resultar una obviedad, pero hace falta esa inyección.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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