Vivimos estos días acosados por la gripe y los malos humos. Estamos expuestos a estos dos riesgos que dificultan la respiración y nos debilitan mientras aguardamos el remedio para librarnos de su tortura. El tiempo en invierno contribuye a ello. Incluso haciendo bueno, el rayo de sol embauca para que el frío ataque a traición, mientras la presión en el cielo embolsa la emanación. Polución y virus son fenómenos que se tocan, coinciden muchas veces en las causas y sus efectos, en no pocas ocasiones, son desgraciadamente irreparables.
La mayor y más virulenta epidemia de gripe registrada en Asturias en los últimos ocho años está poniendo a prueba nuestro sistema sanitario. Los pacientes que esperan ya no sólo están en las listas sino en los propios hospitales, que estos días registran plena ocupación. Los servicios de urgencias se colapsan por momentos, en las plantas no caben una cama adicional más, los médicos de los centros de salud tienen las agendas repletas, la atención continuada no da más de sí por la afluencia de enfermos y la bolsa de sanitarios que estaban disponibles se ha quedado vacía. La gripe lleva al límite la capacidad asistencial, aunque la respuesta profesional está siendo por lo general encomiable. Ahora bien, también vuelve a poner de manifiesto que el sistema, aunque no es el peor de los posibles, tampoco es el mejor. Ya se advirtió una falta de previsión cuando a la administración se le ocurrió convocar oposiciones en el periodo en el que comienza a brotar el virus y se volvió a advertir en el momento en que los centinelas de nuestra salud detectan que la epidemia llega con prisa antes de tiempo. El refuerzo no se puede hacer después de producirse los estragos. Hay que adelantarse para evitar que gane en el sprint. Al igual que falló también otra prevención, la de la propia población con respecto a las vacunas. No libran del contagio, pero sí pueden impedir que el desenlace sea nefasto. Es difícil de entender que 30.000 dosis aguarden todavía en las consultas y que solo menos de la mitad de la gente mayor haya recibido la profilaxis. Está pendiente de realizar mucha labor de concienciación.
Y algo similar ocurre con la lucha contra la contaminación, uno de los grandes desafíos a la que nos enfrentamos. Daba miedo días atrás observar la gran mancha que cubría el área central de Asturias en los gráficos del Sistema Caliope del Centro Nacional de Supercomputación. La acumulación de partículas llegaba a ser comparable con las zonas más calientes de España, Madrid y Barcelona. Por lo tanto, el problema es grave y aunque la lluvia alivia no lo resuelve de raíz, como parece claro. No se trata de criminalizar la industria o el uso del coche, sino de ser más eficaces en los controles y adoptar, como en la gripe, medidas de prevención. Esperar a que las estaciones que miden los niveles de porquería que nos amenaza se pongan en rojo para actuar puede calificarse, cuando menos, de imprudente. En la polución, como en el virus, se echan en falta planes de contingencia y más rapidez en la reacción.