En esta ciudad, como en casi todas las ciudades de este país, en eso no nos distinguimos nada, se forman colas por doquier. Es algo que llevamos en el gen del sistema que nos ha tocado vivir, un hecho inevitable ante un mal modelo de funcionamiento del que no podemos escapar por mucho que digamos que hay que acabar con ello. Ni internet, siquiera, ha podido hacerlo. Hay colas muy conocidas, de las que se viven a diario, las de la sanidad, las del paro, las de los comedores sociales, las que se producen en el banco, las del supermercado, ante las taquillas de El Molinón, las del Jovellanos… Se crean listas de espera para cualquier cosa. No conozco a nadie que no haya estado en algún momento de su vida pendiente del turno. Y si hay alguien, por favor que lo diga, porque lo ponemos inmediatamente en la fila.
Sin embargo, a uno le queda cara de emoticón sorprendido cuando se entera de que en Gijón hay empresas que también aguardan en la hilera, pendientes de un espacio para instalarse aquí, con toda su riqueza y con todo su empleo, sin que exista posibilidad de echarles una mano y decirles «esta es su casa». Empresas de todo tamaño y condición, que necesitan crecer porque donde se encuentran no da para más, buscando techo en esta villa, a la vera del mar y al pie de la montaña, cerca de la milla del conocimiento. Es grato pensar en lo que se ha convertido el Parque Científico y Tecnológico de Gijón. Un gran polo de talento que hace de imán para que firmas del mundo de la ingeniería, de las telecomunicaciones, de las nuevas tecnologías o de los servicios avanzados se fijen en esta ciudad como lugar ideal para su desarrollo. Pero al mismo tiempo resulta frustrante la posible pérdida de oportunidades para aumentar ese ecosistema por nuestras propias limitaciones, las que nosotros mismos nos imponemos por la tardanza en la reacción, la flacidez o las indecisiones.
El Ayuntamiento está rastreando edificios, naves, grandes locales y todo aquello que tenga cubierta en situación ociosa, es decir, sin inquilinos ni actividad, de los que fueron cerrando a cal y canto, para poder ofrecerlos como cobijo a las firmas que esperan asentarse en el municipio, dicen que como agua de mayo. Se han visto algunos emplazamientos, otra cosa es el arreglo con sus propietarios, con el fin de acometer operaciones tipo Chemours-Unísono con la Fundación Laboral de la Construcción para la utilización del centro de Tremañes. Aunque jugadas como esta sirven de ejemplo, me temo que no tendremos ocasión de ver muchas más.
Por ello, el excelentísimo consistorio tendría que agilizar la expansión del parque tecnológico hacia el otro margen de la avenida de la Pecuaria, como se ha venido hablando hace ya más de cinco años, para una disposición inmediata de suelo en el ‘Cabueñes Valley’, mejor hoy que mañana. Qué bien harían todos los grupos políticos municipales empujando para conseguir que la ampliación se llevara a cabo cuanto antes con la ocupación de los terrenos del antiguo centro de reproducción de animales y de la finca de La Formigosa, que sigue muerta de risa en manos de la Tesorería de la Seguridad Social. O valorar si no resultaría bueno que el solar de Naval Gijón puesto a la venta por el puerto fuera destinado a tal menester bajo paraguas público. En cuestiones así, ni prórroga presupuestaria ni regla de gasto justifican la inacción. No puede haber excusas que coarten la prosperidad empresarial y económica de la ciudad. De lo contrario, estaremos permanentemente condenados a guardar cola.