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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Contaminación sin demagogia

Nunca me gustaron los maximalismos. No facilitan el arreglo de los problemas sino que llevan, por lo general, hacia un estado de involución. En el caso de la contaminación en Gijón me temo que estamos entrando en una espiral peligrosa de la mano de posiciones extremas que pueden llegar a quitarles la razón cuando de verdad pueden en algún caso tenerla. Solo en algún caso. A nadie le gusta respirar veneno, que te rompan los tímpanos del estruendo o bañarse en aguas fecales. No creo que haya persona encantada de haberse conocido dispuesta a ser voluntaria para introducirse, por ejemplo, en una cabina en esas condiciones. Sin embargo, algunos se empeñan en dibujar el lugar donde vivimos como si fuera ese habitáculo tóxico y letal cuando nada más lejos de la realidad.
Gijón no es aquella ciudad gris de los años sesenta donde los obreros se desplazaban como podían, cientos de ellos en bicicletas, camino a las fábricas que poblaban con sus chimeneas el oeste de la ciudad, mientras en las casas se empezaban a atizar las cocinas de carbón para calentar las horas más tempranas del día. Aquella sí era una ciudad de malos humos, polvo mortífero y cenizas, pero se asumía con resignación las consecuencias de lo que había. Medio siglo después seguimos teniendo problemas, no hemos alcanzado el paraíso, pero una de las cuestiones en las que más se ha avanzado ha sido precisamente en el cuidado medioambiental de la urbe en todos los aspectos. El paisaje ha cambiado radicalmente. Hay menos industrias, más zonas verdes y residenciales allí donde antes existían instalaciones fabriles, aunque las calles han sido invadidas por los coches, la mayor fuente de emisiones con diferencia.
El pasado domingo una numerosa manifestación denunciaba la mala calidad del aire y exigía medidas a las administraciones y a las empresas en favor de un hábitat más limpio. Luego, los promotores de la protesta llevaron sus reivindicaciones a Bruselas para regresar con el compromiso de las autoridades comunitarias de vigilar de cerca los atentados ambientales que consideran aquí se están registrando.
No hay ninguna duda de que ante la contaminación no se puede bajar en ningún momento la guardia. En el momento que se produzca un episodio se deben exigir responsabilidades sin excusa alguna, pero también es necesario abandonar el alarmismo y la demagogia para dar paso a un mayor rigor en los diagnósticos con el fin de que las acciones que se adopten sean realmente eficaces.
Resulta injusto, por ejemplo, el acoso que sufre la industria sin valorar los esfuerzos que ha venido acometiendo en los últimos años en mejoras medioambientales o los compromisos de inversión adquiridos para modernizar las plantas y reducir sus emisiones. En Arcelor, entre lo realizado hasta ahora y lo que tiene proyectado, el desembolso en renovar sus instalaciones y hacerlas más limpias alcanza los 600 millones de euros si extendemos el cálculo durante los próximos cinco años. En EdP, cerca de 200 millones en una década, y el Puerto, más de cuatro en barreras vegetales, pantallas y asfaltados para impedir que el carbón salga volando. ¿Todo es poco? Seguramente, aunque resulta preocupante la inseguridad que denuncian las empresas cuando reclaman un marco regulatorio estable en materia medioambiental ante la disparidad de criterios que existen entre las propias administraciones.
Y a la industria se une el tráfico, el agente más contaminante que ahora padecemos. En Gijón hay un turismo por cada dos habitantes y cerca de un 20 por ciento de los vehículos que circulan por la ciudad tienen más de veinte años. Material rodante que expulsa veneno sin parar. Más de la mitad de las puñeteras partículas que nos rodean proceden de los tubos de escape. En esto sí que se requieren más medidas y una mayor valentía por parte de quienes tienen la competencia de velar por nuestra salud, para actuar antes de que se produzcan esas boinas que se observan en ocasiones desde las atalayas con la amenaza de asfixiarnos lentamente.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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