“Ni un paso atrás», proclamaba este miércoles Sara González Lolo, la capitana del Hostelcur, el modesto equipo de hockey del barrio de La Calzada más laureado de España, durante la lectura del manifiesto para presentar el Observatorio Contra la Violencia. Efectivamente, esa movilización de la sociedad civil, expresada en la imagen de unidad entre entidades ciudadanas y grupos políticos compareciendo en el salón de recepciones del Ayuntamiento, no puede quedar en una declaración estética de respuesta a los hechos que desafortunadamente hemos tenido que vivir en los últimos meses en Gijón por la actuación de determinados energúmenos. Tiene que continuar extendiéndose como mancha de aceite hasta cubrir el último rincón para prevenir y frenar las actitudes violentas en todas sus manifestaciones y escenarios.
La creación del observatorio, desde luego, es un paso significativo en la labor de denuncia y concienciación. De la misma manera que son encomiables la actuación policial en la persecución de quienes utilizan la barbarie como expresión de su incultura frente a la razón y la convivencia o las decisiones judiciales que hacen caer sobre los desalmados todo el peso de la ley.
Por desgracia, el fútbol es uno de esos escenarios donde arraigan los violentos. El Sporting tiene una afición ejemplar, forjada en el campo más antiguo de España y admirada por su carácter y entrega en todos los lugares por donde pasa apoyando al equipo. La Mareona rojiblanca se ha convertido en un fenómeno social vinculado a la emoción que genera el fútbol. Una pasión que puede llegar a ser exacerbada en algunos casos, pero absolutamente compatible con los valores que tiene que transmitir el deporte. Resulta, por lo tanto, obvio que no se debe consentir que unos pandilleros camorristas empañen con su belicismo el comportamiento modélico de los miles y miles de seguidores que acompañan al equipo en El Molinón o fuera de casa todos los fines de semana.
El propio club también es víctima de las actuaciones de los hinchas radicales. Ninguna entidad deportiva, en su sano juicio, debería amparar ni tolerar acciones violentas, racistas o xenófobas como las que han protagonizado algunas personas enfundadas en los colores del equipo y vinculadas a grupos bien conocidos por sus altercados. La actitud del Sporting ante este tipo de hechos ha estado en cuestión en los últimos días desde el ataque por parte de unos encapuchados a aficionados del Ceares en un bar de Cimavilla. No puede caber ninguna duda de que el club repudia todos esos actos. Ahora bien, para aquellos que la tengan, lo mejor es disiparla.
El Sporting ha acordado con el Ayuntamiento participar en una comisión antiviolencia con el ánimo de incrementar las medidas que permitan atajar tales comportamientos. Sus representantes han recordado que identifican uno a uno a todos los seguidores que acceden a la grada de animación del estadio y que el control que se ejerce en los partidos es permanente.
De cualquier forma, es posible intensificar más la colaboración entre los estamentos implicados para acabar con esta lacra aprovechando los medios que se tengan al alcance, cumpliendo a rajatabla la normativa, con un mayor intercambio de información entre las partes y una utilización eficaz de las tecnologías. El primer objetivo de la ‘tolerancia cero’ que se promulga tiene que poner en jaque a los radicales impidiendo que quienes tengan antecedentes por violencia ni siquiera puedan asomar la cabeza para acceder al campo. Que en su huella figure «usted no podrá entrar jamás». Ni aquí, ni en ningún otro recinto deportivo.